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TRIBUNA

Pintadas en la fachada del edidicio del IES El Palau de Sant Andreu de la Barca (Barcelona).

Síntomas de pudrimiento

Andreu Claret

El caso de El Palau muestra la descomposición de las normas que permiten resolver los conflictos de toda sociedad democrática

La crisis política catalana (y la actitud adoptada por la derecha española para hacerle frente) está pudriendo la convivencia en todos los ámbitos de la sociedad. Son muchos los síntomas de este deterioro, pero el más preocupante es el del Instituto El Palau, en Sant Andreu de la Barca. Todo empieza el 2 de octubre. Los estudiantes, que ya no son niños, y que se habían dormido viendo las escenas de violencia en la televisión, tienen sus propias ideas. Algunos piensan como sus padres, en una ciudad donde el independentismo es minoritario y el cuartel de la Guardia Civil es el mayor de Catalunya. Otros tienen el corazón partido por lo que ven en la tele. Las redes sociales están que arden, y muchos maestros comparten la indignación de colegas de otros centros donde se han producido enfrentamientos. A primera hora se convoca una asamblea en el patio (quien la convoca es objeto de debate) a la que bajan quienes quieren. Hay alumnos que se quedan en las aulas. Tensión, mucha tensión, como en muchas escuelas y centros trabajo de Catalunya.

Hasta aquí, la secuencia que resulta posible consensuar.  A partir de aquí, la controversia. Dos relatos divergentes, que tienen sus raíces en lo que pasó pero que se alimentan de quienes viven de atizar el conflicto catalán. Medios de comunicación y políticos obsesionados con la escuela catalana. Algunos alumnos sostienen que hubo profesores que les señalaron por ser hijos de guardia civiles. A los tres días hubo incluso una pequeña manifestación para protestar por el trato humillante que algunos dicen haber recibido. Otros lo niegan. Los docentes sostienen que no podían eludir un tema que estaba en boca de todos. El centro les apoya. Interviene la Fiscalía que identifica algunos nombres de profesores a través de un informe de la Benemérita. El tema, como tantos otros, queda judicializado. Hurtado a una mediación de la propia comunidad educativa. Se encona y se pudre.

Sociedad quebrada

¿Qué ocurrió en El Palau? Seguro que el 2 de octubre no fue un día fácil. Seria un milagro que en este instituto, como en otros, no hubiese ocurrido algo difícil de gestionar en una sociedad quebrada como la catalana. De ahí a sostener que algunos profesores señalaron alumnos por ser hijos de guardia civil, hay un abismo. Es difícil conocer toda la verdad, porqué la inspección calla. ¿Por qué calla? Dicen que por el 155. En todo caso, cuando hable puede que sea tarde, porque mientras tanto se ha puesto en marcha la lógica infernal que domina la vida política y social catalana. Unos han criminalizado públicamente a algunos maestros. Otros han menospreciado la angustia que pasaron algunos alumnos. Políticos y medios de comunicación se han lanzado a pescar votos o lectores en el rio revuelto de la crisis. El PP y Ciudadanos han aprovechado que el rio también pasa por los institutos para cuestionar a quienes se esfuerzan por hacer de la escuela catalana un lugar vivo, crítico y respetuoso con la diversidad de la sociedad. Todo menos mediar, hablar, intentar recomponer un clima roto por el alto voltaje anímico de aquellos días. Hay quien utiliza a los alumnos que se han sentido señalados. Y hay quien los ignora. Con la publicación de los nombres y las fotos de los maestros en El Mundo, el tema ha pasado a ser carnaza de culebrón. Y tras la inquietante reproducción de estas fotos en la cuenta de twitter de Albert Rivera, unos desalmados han crucificado algunos maestros y maestras en la tapia del colegio.

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El caso de El Palau muestra la descomposición de las normas que permiten resolver los conflictos de toda sociedad democrática. Puede que la escuela catalana no sea perfecta, pero presenta un balance acreditado por propios y extraños. Ha sido siempre un lugar de aprendizaje y dialogo. Hasta que empezó el conflicto actual y pasó a ser un laboratorio para reforzar relatos políticos. Con el resultado de una confrontación sin fin, que deja heridas profundas. A costa de los alumnos, los maestros y las familias. Y también la verdad, otra víctima. En el periodismo de trinchera que menudea (no digamos en las redes), escasean los reportajes equilibrados sobre lo sucedido, que recojan todas las voces. Faltan piezas de periodismo clásico donde se establezca la diferencia entre lo que se sabe seguro, porque lo confirman fuentes diversas, de lo que se presume que ocurrió. Donde el propósito no sea ganar adeptos sino ayudar a que todos los implicados se sientan mejor y se recomponga la convivencia a partir de los mecanismos que hasta ahora habían permitido la concordia en el mundo educativo catalán.  

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