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Inicio del pleno municipal del ayuntamiento de Barcelona.

DANNY CAMINAL

Frentismo municipal

Josep Martí Blanch

Sería muy mala noticia si se desplazara la política de bloques del Parlament a los ayuntamientos

Como si estuviésemos en 1930, hay quien imagina las elecciones municipales del próximo año como la antesala de un inevitable cambio de régimen. La elección de alcaldes y alcaldesas como prólogo de una nueva era. Si el 12 de abril de 1931, tal y como señaló el almirante Juan Bautista Aznar-Cabañas, último presidente del consejo de ministros de Alfonso XIII, España se acostó monárquica para levantarse al día siguiente republicana, el 26 de mayo de 2019 Catalunya se irá a dormir autonómica para levantarse, esta vez sí, independiente y republicana.

Exageramos, claro. Pero en el fondo esto es lo que subyace en el debate que ha abierto el soberanismo sobre la necesidad de listas únicas independentistas con el objetivo de ganar ayuntamientos como quien recolecta uvas en tiempo de vendimia, cosa que estaría por ver. En este razonamiento concretar el modelo de ciudad al que se aspira no es relevante, ni tan siquiera tiene ninguna importancia. Solo cuenta la filiación ideológica en el plano nacional. Independentistas a un lado. Unionistas al otro. Con la excusa de escoger concejales, la verdadera elección estaría entre la republicanísima independencia o la españolísima monarquía. El caso más vistoso es Barcelona, donde ERC y PDECat no han podido (los primeros) ni querido (los segundos) escapar al debate que hábilmente ha planteado el filósofo Jordi Graupera, decidido a poner fin a su paréntesis neoyorquino encabezando una única lista soberanista para la capital catalana. De momento ERC dice que nanay y el PDECat que sí, pero que ya se verá cómo.

Al yin le sigue el yang. Así que también corre por la arena el gladiador Manuel Valls, exprimer ministro francés, nacido en Barcelona como hubiera podido hacerlo en Siracusa, para decir que ahí está él, de la mano de Ciudadanos, dispuesto a aceptar el encargo de convertir esas mismas municipales en un refrendo de la españolidad al grito de "nacionalismo es guerra". El hombre que viajó del cielo al cieno de la política francesa en un tiempo récord está presto a encabezar un frente constitucional para proclamar el día después del escrutinio que "Barcelona se acostó roja y medio separatista y se ha levantado naranjazul y rojigualdísima". Un nuevo héroe de la factoría Marvel decidido a comandar la capital como podría, por lo que parece, ponerse al frente de Deltebre, Falset o el Prat del Llobregat si producir arroz, vino o alcachofas se contasen entre las causas del nacionalismo.  

Todos estos movimientos no son más que aspiraciones. Pero es sintomático que a 12 meses de esos comicios lo único que agite las aguas de la agenda municipal sean propuestas para deslizar la política de bloques del Parlament también a los ayuntamientos.

El frentismo municipal, si se concretara, sería una muy mala noticia. Maniataría posibles pactos para asegurar gobernabilidades, elevaría la tensión ciudadana al tratarse de la administración más cercana a la calle y alejaría a la ciudad de la primera posición en el orden de prioridades de los candidatos. Si eso es lo que se desea no hay mejor plan posible.