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Dos miradas

No pasa nada, dijo él o ella al comprobar que la independencia, el federalismo o el unionismo son etiquetas que muy poco tienen que ver con la amistad

No, no pasa nada, dijo él o ella después de confirmar que su interlocutor estaba en las antípodas de la cuestión/problema/monotema catalán.

Tendremos que asumirlo, no pensamos igual. Una mitad de la sociedad catalana difiere de la otra. Y cada mitad ni siquiera es homogénea. Aunque son muchos los que han tomado posición ideológica en un tiempo récord, será difícil que las perspectivas varíen a medio plazo. Cada punto de vista está cargado de un exceso de emociones, una dosis de agravio y un exceso de beligerancia ambiental. Un sinfín de razones y sinrazones ha creado el escenario actual y debemos pensar cómo nos movemos en él. Si convertimos las diferencias en fronteras insuperables o aceptamos la divergencia y aprendemos a mirarnos más allá de la política. Si logramos conversar abandonando las trincheras del Twitter y esos fachas que vuelan a un lado y al otro tan frívolamente, tan letalmente, o dejamos que las fisuras sociales se conviertan en fracturas. Si apostamos por el talento o preferimos la confluencia política. Si leemos a las personas o su ideología. Sentir el calor de los que piensan igual es cómodo, a veces incluso es necesario, pero dejar que las grietas nos cuarteen es entregarnos a la pérdida.

No pasa nada, dijo él o ella al comprobar que la independencia, el federalismo o el unionismo son etiquetas que muy poco tienen que ver con la amistad. Y fue un alivio. Incluso una esperanza. 

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