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IDEAS

Y negarás a Wes Anderson tres veces

Miqui Otero

Juzgar una película por los fans más entregados de su director es casi tan absurdo como pensar que las películas de romanos las hicieron romanos.

Hendrix no es responsable de los solos de guitarra interminables que ha dado el rock desde entonces, ni Nietzsche de la crisis hitleriana de los Sudetes. Wes Anderson no es, pues, responsable de algunos de sus seguidores, por poco que conectemos con ellos.

Un amigo me comentaba, por ejemplo, que fue a ver 'Isla de perros', su última película, y que entre el público había un tipo enfundado en una camiseta donde se leía 'Ser humano escrito y dirigido por Wes Anderson'. Mi amigo y yo nos reímos de (y por) esa camiseta, aunque quizá olvidamos que él y yo (y otros 20 colegas) en cierta ocasión (hace diez años) tomamos el escenario de un concierto en Vilanova i la Geltrú disfrazados de personajes de otra de sus películas: 'Life Aquatic'. Nuestra carcajada se convirtió en frigo-risa (se nos heló, vaya) porque uno ve la paja en ojo ajeno (joven) y no la viga en el propio (maduro).

Todo el mundo sabe que para ser 'hipster' lo primero que debes hacer es negar que lo eres

Anderson es, desde hace tiempo, una especie de gurú estético 'hipster' y todo el mundo sabe que para ser 'hipster' lo primero que debes hacer (antes de recortarte la barba o frecuentar bares de cereales) es negar que lo eres. El 'hipster' arquetípico suele entender la cultura como un complemento más, como un broche en la solapa o una camisa estampada de sifones. Y resulta que proclamarte fan de Anderson está cayendo, en algunos círculos, en desgracia.

La sobreexposición en redes ha generado que mucha gente consuma (y algunos, lamentablemente, entienden la cultura como consumo cultural) lo que puede compartir. Y que comparta aquello que le ayuda a proyectar la imagen deseada. Y es una pena, porque si Anderson se devalúa como moneda de cambio del superyo molón se resentirá cada vez más (la taquilla de 'Isla de perros' ha sido muy discreta) la libertad creativa de uno de los directores más genuinos y personales. Un tipo con una tipografía emocional propia (buena letra de cuaderno de caligrafía infantil), con traumas más hondos de lo que parecen y con películas que, aterrrizadas en cualquier época, brillarían. Se critica que los que aman a Anderson se quedan en la superficie de su universo y no indagan en sus referencias (en el caso de su última obra, el cine japonés y de samurais), pero eso a menudo lo dicen los mismos que se habían quedado en las gafas de Woody Allen sin explorar a Buñuel, Bergman, Fellini o Lubitsch. Es comprensible que esa generación menosprecie a Anderson desde el prejuicio, pero no lo es tanto que lo nieguen tres veces, antes de que cante el gallo, los que crecieron con él.

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