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DOS MIRADAS

Sombras del Raval

Emma Riverola

En la Europa cristiana los cementerios se situaban al lado de las iglesias para proteger el alma de los difuntos. La ciencia venció a la superstición y los problemas de salubridad aconsejaron trasladar los cementerios fuera de los núcleos urbanos. A principios del siglo XIX, Barcelona se acicalaba para la visita del rey Carlos IV. El cortejo debía pasar por la actual plaza del Pedró. Una zona entonces constreñida por un entramado de calles estrechas y edificios que miraban al hospital, la capilla y su cementerio, ya considerado ilegal. La visita real aconsejó exhumar apresuradamente los restos y trasladarlos al cementerio del Poblenou. Está documentado el consentimiento del vicario de Sant Llàtzer al traslado, pero no se ha encontrado ningún documento que lo confirme, lo cual invita a fantasear con espíritus atrapados bajos las losas de la plaza. Los cuerpos a exhumar habían sido enfermos acogidos por la institución. Leprosos. Los más invisibles de los invisibles.

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La pasada semana, un incendio en un edificio de la plaza del Pedró causó la muerte de una mujer y añadió un poco más de tristeza a un barrio que parece anclado a una memoria de invisibilidad. Ahora, la heroína ha vuelto a sus calles. La más letal de las sombras. Los narcopisos carcomen la vida de unos vecinos cansados de tantas luchas. Puestos a hablar de fantasmas, habrá que buscar a qué intereses ocultos responde la degradación del Raval.  

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