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DOS MIRADAS

Y Carmela. Cuando dos piezas como éstas están de lado, como ahora, delante del Palau de la Música, se produce una especie de descarga eléctrica, un diálogo cierto que va más allá de la contemplación de las estatuas y que se traduce en una información que proviene del espacio que las separa y de la confluencia no sólo de estilos y técnicas diferentes sino de las diferentes aproximaciones al cuerpo, a la pausa, a la perspectiva, al paso del tiempo. Las dos Carmen de Antonio López, la de día y la de noche, la de los ojos abiertos y las mejillas en tensión, con la boca en eclosión, y la de los ojos cerrados, majestuosa en la quietud, nos hablan de la serenidad y la admiración, de la calma y la sorpresa. Pero ahora, estos días, frente al Palau, solo está la Carmen dormida. No se ven, con la Carmela de Plensa, también con los ojos cerrados, pero son vecinas. La contemplas como un tótem, en la lejanía, y a medida que te acercas, deviene plancha y perfil, desaparece el volumen y queda la evanescencia. Como dice el mismo Plensa, "una fusión entre lo efímero y lo eterno".

Y hablan. Y tú, en medio, sientes el fraseo prácticamente imperceptible. Las edades de la mujer. La lucha entre el reposo presente, el imperturbable sosiego, y la indocilidad futura, las turbulencias que vendrán. La conversación de Carmen y Carmela es una playa donde la arena, empujada por el viento, se te clava como una lluvia incesante de punzadas en la piel indefensa.

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