05 ago 2020

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TRIBUNA

Manifestación independentista en Bruselas, en diciembre del 2017.

ARCHIVO / EFE

¿Y ahora qué?

Joan Tardà

Levantar la bandera del diálogo bilateral con el Estado es un objetivo ineludible para los próximos tiempos, llenos de dificultades, por supuesto, y que no tiene fecha concreta

Una previa. Demos por hecho que saldrá adelante la tesis defendida por ERC hace meses y Catalunya tendrá Govern. Lo tendrá porque este fue el mandato de la ciudadanía el 21-D al darse una victoria independentista pese a la existencia de candidatos encarcelados o en el exilio y la altísima participación. Una correlación de fuerzas convertida en el instrumento más útil para recuperar las instituciones de autogobierno y afrontar el futuro de la República a construir, razón por la cual es inimaginable que se pueda llegar a cometer la irresponsabilidad de provocar unas nuevas elecciones.

Ciertamente, la incapacidad del sistema político español para regenerarse y salir del 'cul-de-sac' al que todas las instituciones parecen haber ido a parar configuran un panorama preocupante. Se ha desvanecido la idea de que el sistema nacido en 1978 disfrutaba de buena salud democrática y ha enraizado en el imaginario de millones de personas de todas partes que nepotismo y corrupción lo han carcomido lo suficiente como para que se deterioren las libertades y la recuperación económica (los Presupuestos de este año son la prueba) no frene el incremento de la pobreza ni pare el debilitamiento del Estado del bienestar (el 37% de paro juvenil y el hecho de que en el Estado español mueran muchas más personas de las que nazcan ya lo dicen todo).

La falta de un "proyecto regenerador espanyol" explica la reavivación de los fantasmas del enemigo interno de siempre: Catalunya. Solo así se entienden los balcones llenos de banderas monárquicas en tantas ciudades españolas (no para celebrar éxitos internacionales españoles) y la constatación de que el anticatalanismo se ha convertido en el instrumento más eficiente para mantener al PP en el poder, catapultar a Ciudadanos a alcanzarlo, paralizar al PSOE y castigar a Podemos. Todo ello hace evidente una España que incluso convierte en "héroes" a los demócratas españoles que se atreven a denunciar la deriva antidemocrática y se solidarizan con lo que está pasando en nuestro país.

Es en este contexto en el que es necesario responder sin prejuicios a la pregunta más recurrente a lo largo de la historia del catalanismo. ¿Y ahora qué? La pregunta formulada en todas y cada una de las cruzadas en que se ha ido encontrando a lo largo de la historia. Y en particular, hoy, cuando el independentismo se está convirtiendo en la rama mayoritaria.

Diálogo y negociación

Como respuesta, solo una. Ser lo suficientemente fuertes como para poder, tarde o temprano, establecer un proceso de diálogo y negociación con el Estado español. Y este ha sido y es el mensaje que el republicanismo dirige al Gobierno español y al conjunto de las fuerzas políticas españolas desde el Congreso de los Diputados (hace semanas en una votación plenaria y hace pocos días en el debate de la ley de Presupuestos). Desgraciadamente, durante un tiempo continuaremos instalados en la fase de la confrontación manifestada en la negativa de Rajoy a aceptar este escenario de diálogo bilateral para buscar una resolución democrática, como tampoco ayudará al incremento de la judicialización del conflicto con penas de escarmiento para que una buena parte de la sociedad catalana arríe velas.

No obstante, habrá que perseverar (como siempre) a través de una acción gubernamental de la Generalitat eficiente, diligente y progresista, ejecutada en beneficio del conjunto de la ciudadanía catalana, acompañada de una movilización popular (como siempre) que aspire a superar frentismos ('Catalunya, un sol poble'). Esta es la perseverancia que enterrará la fase de la confrontación y hará posible una nueva de diálogo, negociación e intermediación internacional.

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En consecuencia, solo cabe una respuesta válida a la pregunta de y ahora qué: enterrar toda estrategia que cree condiciones favorables a quien quisiera reducirlo todo a un problema de orden público y dar por superadas articulaciones con el Estado de carácter multilateral, porque Catalunya es una realidad constituyente y no una autonomía más.

'Procés' internacionalizado

En definitiva, levantar la bandera del diálogo bilateral con el Estado. Un objetivo ineludible para los próximos tiempos, llenos de dificultades, por supuesto, y que no tiene fecha concreta (en Irlanda del Norte no hubo negociación hasta que cayó Margaret Thatcher). Porque tan cierto es que los gobiernos europeos (las defensas activas del edificio democrático europeo) continúan postulando que el conflicto España-Catalunya es sobre todo un problema interno español como cierto es que el 'procés' nunca había sido tan internacionalizado y que ha sido capaz hacer mella y activar las defensas pasivas de la misma Unión Europea (poderes judiciales de diferentes Estados, por ejemplo) ante respuestas autoritarias del Estado español.

Este diálogo llegará, lo conquistaremos, y será más provechoso en función de cómo hacemos de bien el trabajo y del grado de cohesión de la sociedad catalana.