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El PDECat ha tenido que tragar con la operación Puigdemont, que conlleva su arrinconamiento

Como consecuencia del 'procés', se acentúa el giro a la derecha en España y el giro a la izquierda de Catalunya. No se prevé una convergencia de intereses entre las izquierdas de aquí y las de allí como en épocas anteriores -ni siquiera un mínimo de sintonía, ni una brizna de solidaridad en la desgracia-. En cambio, las derechas de ambos lados están más fuertes que nunca. Aunque PP y Cs se peleen por la hegemonía, comparten ideario y objetivos.

Estas corrientes contrarias prefiguran un mapa político y social con complicaciones inéditas. Por primera vez en la historia, la izquierda española se ha desarbolado por iniciativa propia. Por primera vez en democracia, no dispone de programa alternativo creíble o viable. O derechas o derechas. Y también por primera vez, el anticentralismo ha desaparecido de la derecha catalana sin que las circunstancias obliguen.

El giro a la izquierda de Catalunya, moderado pero evidente, contempla dos factores principales. El primero consiste en el desmantelamiento del pujolismo y sus reminiscencias. Del mismo modo que Artur Mas, político y líder de gran altura, por ahora infravalorado, tuvo que abandonar toda esperanza por provenir de donde provenía, sus compañeros del PDECat han tenido que tragar con la operación Puigdemont, que conlleva su arrinconamiento. Pesa más el líder (supuesto) en el exilio, la gran esperanza de la CUP, que el partido. El PDECat es actor secundario, ya sin posibilidades de escribir guion alguno para la política catalana. Sin haber hecho nada antes en política, los puigdemontistas de JxCat tocan la gralla. Marta PascalDavid Bonvehí y los demás, o bailan por las buenas o les bailan por las malas. Este espacio ha pasado de liberal a liberalsocialdemócrata.

Ralentizar el independentismo

El otro componente del giro a la izquierda va a cargo de ERC, dispuesta a ralentizar el independentismo a cambio de alianzas con las izquierdas que no comulguen con el 155 y el amargo futuro que espera, en cualquier caso, a las instituciones catalanas. Los dos tripartitos convirtieron a docenas de dirigentes federalistas en soberanistas o independentistas, por lo que pretenden probar de nuevo. Cuentan, más que en la anterior ocasión, con una doble posibilidad hegemónica a partir de la desilusión, la frustración y la impotencia de los que pretenden cambiar España ante el giro a la derecha que se evidencia día a día. El programa es casi diáfano: arrastrar a Carles Puigdemont hacia el pragmatismo; arrastrar a los 'comuns' hacia el soberanismo; contraponer una Catalunya de aspiraciones modélicas a una España que acentúa la brecha social y exhibe valores y modos rechazados o no compartidos por la inmensa mayoría de la sociedad catalana.

En Madrid, el PP se limita a parapetarse, y solo lo puede hacer mal o muy mal, ante las dos líneas de ataque de Ciudadanos. Haga lo que haga el Gobierno contra el independentismo, siempre será poco. Al lado de Albert Rivera, el héroe vencedor contra el 'procés', Mariano Rajoy es y será un moderado. Al lado de los inmaculados Ciudadanos, el PP es una horrible cueva de corruptos.

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