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SIESTA EN EL LICEU

Dormir la ópera

Care Santos

Esto de quedarse frito en la ópera es una costumbre muy de burguesía barcelonesa, arraigada en la tradición liceísta, como demuestran varios testimonios escritos

El domingo asistí en el Liceu a una de las representaciones de 'Demon', ópera de Anton Rubinstein basada en un poema de Mijail Lérmontov cuyo protagonista es el Demonio. Ambos fueron considerados sacrílegos en su tiempo, el siglo XIX. Se trata de una auténtica 'rara avis' del género lírico, nunca antes representada en Barcelona en su versión rusa original. Lo pasé en grande: la voz de la soprano lituana Asmik Grigorian —en pleno auge, debutante en el Liceo—, el reencuentro con el bajo barítono Egils Silins, la impactante escenografía, el coro de la casa transformado en coro eslavo… Qué maravilla de tarde.

Se sentaban cerca de nosotros dos señoras rusas. Una de ellas se quedó frita nada más empezar el primer acto, mientras el Diablo comienza a tentar a Tamara y esta dice oír voces cuya procedencia ignora. Dormía con tanta intensidad que pasó buena parte de la primera parte recostada sobre uno de los hombros de mi marido, que no osó despertarla.

También el señor que estaba a mi lado, de edad más provecta, dio pronto sus primeras cabezadas. No se despertó ni al sentirse observado por el ojo gigante que presidía la escena. Respiraba profundamente, con mucha placidez, y llegué a temer que comenzara a roncar, pero el Diablo no lo quiso.

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Más allá, en un palco, una señora rubia dormía a pierna suelta, utilizando como almohada el mullido pasamanos de terciopelo rojo. Bien pensado, esto de dormir las óperas es una costumbre muy de burguesía barcelonesa, muy arraigada en la tradición liceísta, como demuestran varios testimonios escritos. Lo suyo era dormir en el antepalco, pero esa noble tradición terminó con la última reforma.

Tal vez ir al Liceo a ver y escuchar la ópera, con los cinco sentidos puestos en el escenario y un ojo fijo en la pantalla de la subtitulación, solo demuestra mis orígenes humildes. Ellos, los auténticos, no necesitan prestar tanta atención. Duermen, se despiertan con los aplausos finales, se recomponen y se pasan el resto de la semana presumiendo de haber ido y diciendo lo buena que era la ópera.

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