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ANÁLISIS

Confraternizando con el enemigo

Joan Cañete Bayle

No se puede criticar a Trump y al mismo tiempo considerar periodistas a quienes nutren de carnaza sus tuits

Por una vez (no me acabo de creer que voy a escribir esto) Donald Trump tiene razón: la cena anual de la asociación de corresponsales de la Casa Blanca es un "absoluto desastre". Eso sí, ya lo era antes de que este pasado fin de semana la humorista  Michelle Wolf  hiciera un monólogo que parece no haberle gustado a casi nadie, antes de que Trump la boicoteara, incluso cuando nos hacía tanta risa que Barack Obama se metiera con el que sería su sucesor. De acuerdo, el monólogo del 2006 de Stephen Colbert fue muy divertido ("En los últimos cinco años habéis hecho un trabajo muy bueno: los recortes fiscales, las armas de destrucción masiva, el calentamiento global.... Los americanos no queríamos saber y vosotros habéis tenido la cortesía de no intentar averiguar", dijo a los periodistas) pero incluso entonces, cuando Mark Zuckerberg aún no aspiraba a la dominación mundial con una herramienta que ayudaría a tipos como Trump a ganar la presidencia,  la cena no era más que un colosal ejercicio de posturismo. La tradición data de 1921, pero ha habido años en que se convirtió en lo más parecido a una alfombra roja de  que ha tenido una ciudad tan escasa de famoseo couché como Washington DC.  Sí, había chistes crueles, sí, los presidentes se reían de sí mismos, y sí, se hacían soflamas en nombre de la libertad de expresión, pero la imagen de periodistas, políticos y famosos de gala compartiendo lentejuelas y  canapés en directo por televisión siempre tuvo algo de chirriante. Hay cosas que, aunque se sepa que son así, no hace falta retransmitirlas por la CNN.

Periodismo espectáculo

En el periodismo estadounidense conviven lo mejor y lo peor de esta profesión: unos estándares profesionales altísimos y el más aberrante periodismo espectáculo; independencia feroz y servilismo sin rubor al poder, político y económico; grandes reporteros y celebridades vergonzantes. Desde hace mucho tiempo, el periodismo es también la punta de lanza del choque cultural entre conservadores y progresistas. Tan alegremente se repartieron las etiquetas, que hoy es muy difícil para el periodismo ponerse de acuerdo simplemente en los hechos. Los famosos "hechos alternativos" de Kellyanne Conway son solo una forma de expresarlo: en la parrilla televisiva, en internet, en lo que queda del kiosko, cada día hay decenas y decenas de hechos alternativos que cada cual elige. No los hacen bots programados desde Rusia: los hace la misma prensa que cada año celebra su cena confraternizando con la administración de turno. El periodismo perdió el día en que, por corporativismo, permitió por acción o por omisión que quienes publicaban y emitían tuvieran derecho no ya su opinión y a su interpretación de los hechos, sino a los propios hechos. Denunciar a Trump es fácil. Hace tiempo que no denunciar a los colegas que difunden los hechos alternativos de Trump como ciertos dejó de ser compañerismo y pasó a ser colaboracionismo.

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La monologuista Wolf tal vez tuviera poco gracia. Mucha menos gracia tiene considerar a todos los musulmanes terroristas, a los mexicanos delincuentes y poner en el mismo nivel al ku klux klan y a quienes combaten el racismo. No se puede criticar a Trump y al mismo tiempo considerar periodistas a quienes nutren de carnaza sus tuits.

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