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Al contrataque

¿Y en tu país qué?

Najat El Hachmi

Escondidos tras la máscara del anonimato, los espontáneos que me siguen repiten día sí, día también, que al no haber nacido aquí no tengo el mismo derecho que ellos a dar mi punto de vista sobre la sociedad de la que formo parte

Hace 10 años que escribo en este periódico. Opino sobre temas varios, intento plasmar mi forma de entender el mundo. Escoger los temas también conlleva cierta opinión, una preferencia que en mi caso a menudo consiste en centrar el texto en cuestiones que me preocupan o me interesan, o creo que no han sido suficientemente tratadas en los medios.

En todos estos años ha habido una constante que al principio me irritaba y me indignaba, que después pasó a aburrirme y ahora es un fenómeno que observo medio divertida cuando tengo tiempo de hacerlo. Se trata de las personas que deciden responder a lo que yo he escrito a través de la opción de dejar un comentario en la versión digital de este diario. Aunque haya quien participe en el debate con aportaciones razonables, buena educación y sentido del diálogo, lo cierto es que los comentarios que más abundan son los de aquellos que entran para decirme, simplemente, que me vaya a mi país, para recordarme día sí, día también, que al no haber nacido aquí no tengo el mismo derecho que ellos a dar mi punto de vista sobre la sociedad de la que formo parte.

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Escondidos tras la máscara del anonimato, estos espontáneos que me siguen con una fidelidad y constancia admirables, siempre remiten a mi lugar de nacimiento. Creen que para gozar del privilegio de ser de un sitio no basta con estar en tal sitio y decidir formar parte de él sino que la pertenencia ha de ser sanguínea. Les da igual que lleve 30 años viviendo aquí, que haya estudiado aquí la secundaria, que tenga aquí a las personas que más quiero y que lleve un par de décadas dedicada a reflexionar sobre el papel que los hijos de la última ola migratoria debemos tener en el país en el que vivimos. Todo esto les da igual porque creen en la supremacía que les otorga el hecho de haber llegado antes que yo. Es decir, el suyo es un anhelo de pureza que olvida toda la “contaminación” que corre por sus venas. Si hablo de la luna, ¿y en tu país qué?, si digo “a”, ¿Por qué no dices “a” en tu país?, si digo “b”, vete donde naciste a decir “b”. 

Lo que me divierte últimamente de estos fieles seguidores es que habiendo escrito ya tres novelas sobre el machismo del que vengo, habiendo luchado de forma constante contra los mecanismo de discriminación de género y pagando un precio personal caro por haberme encarado con unos valores culturales y religiosos que pretenden hacer de la mujer alguien de segunda, estos comentaristas de primera repitan una y otra vez que a ver cuando me atrevo a hablar del papel de la mujer musulmana, que critico el machismo de aquí por no atreverme con el mío. También creen que por proceder de un entorno machista no tengo derecho a ser feminista aquí. Para ser como ellos quieren que sea tendría que ceñirme a hablar de “mi país” o de la religión que me atribuyen guiándose por mis apellidos. O mejor aún, lo que tendría que hacer es callar, no decir nada, no existir siquiera.  

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