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Esperando la República

Roger Palà

Seis meses después de la DUI fallida del 27-O se han consolidado dos visiones confrontadas sobre hacia dónde debe ir el independentismo

¿Qué implica ser independentista hoy, tras el referéndum del 1 de Octubre y de la DUI fallida del 27-0? ¿Qué programa político tienen los partidos que defienden la República catalana para alcanzarla de forma no solo retórica, sino real? Estas son las cuestiones realmente importantes, más allá del baile de candidatos o de la enésima trifulca sobre cómo investir a Carles Puigdemont a distancia. De puertas afuera, todos los partidos 'indepes' hablan de 'fer República' (un concepto que se ha convertido un significante vacío: sirve para decir cualquier cosa). De puertas adentro, en cambio, el debate está vivo y no hay unanimidad. Más bien lo contrario.

Desde el pasado mes de octubre han ido consolidándose dos visiones confrontadas y difícilmente reconciliables sobre qué hacer. Por un lado, los que creen que habría que seguir tensando la cuerda con el Estado aunque ello suponga un incremento de la represión. Una estrategia de tensión que avalarían, con matices y objetivos diversos, Puigdemont, parte del grupo parlamentario de Junts per Catalunya, la CUP e importantes espacios de la ANC, empezando por su nueva presidenta, Elisenda Paluzie. Por otro, los que consideran que, con la actual correlación de fuerzas, es necesario ampliar la base social independentista para convertirla en realmente incontestable, y que aún queda camino por recorrer. Una opción que avalan sobre todo ERC y Òmnium Cultural.

Estas dos visiones derivan de la interpretación que hace cada uno del 1 de octubre y de sus episodios posteriores. Por un lado, hay quienes creen que los líderes independentistas no tuvieron suficiente valentía para hacer efectivos los resultados del 1-0. Por otro, los que creen que, a pesar del éxito del referéndum, una participación de solo el 40% del censo y la escalada autoritaria del Estado no dejaban margen de maniobra para ir más allá.

Estas dos lecturas emparentan, con cierta medida, con los diferentes relatos que se han construido de la Transición. Por un lado, quienes consideran que fue un proceso lleno de renuncias, lo que Lluís Maria Xirinacs llamó "la traición de los líderes". Según esta tesis, los partidos, a cambio de cuotas de poder institucional, habrían pasado por encima de la voluntad popular. Por otro, una visión más pragmática: la Transición fue imperfecta porque la correlación de fuerzas -o, Manuel Vázquez Montalbán 'dixit', "la correlación de debilidades"- no permitieron al antifranquismo forzar una auténtica ruptura con el régimen.

Sin embargo, hay que decir que no todo el que comparte la estrategia de la tensión lo hace por el mismo motivo. Algunos buscan de forma sincera una movilización de masas. Otros, en cambio, prefieren la tensión aunque saben que esta difícilmente provocará cambios reales. A falta de programa, creen que es mejor mantener encendido el conflicto institucional que cualquier opción que pueda ser interpretada como una rendición.

¿El 27-O fue la traición de los líderes 2.0 o, por el contrario, la constatación de que el independentismo había hecho una lectura incorrecta de la correlación de fuerzas? Este será uno de los grandes debates de los próximos tiempos, mientras seguimos esperando la República.

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