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LA CLAVE

JxCat ceja en su irredentismo para poder recobrar el Govern, pero sin el aval de Puigdemont y de la CUP este viraje posibilista no evitará la repetición electoral

Agotados sus planes tras celebrar el 1-O, la jerarquía independentista tuvo que improvisar una escapatoria: o se plegaba a la realidad y convocaba elecciones, o desafiaba al Estado con una mistificada y estéril proclamación de la República. Los líderes de ‘procés’ no quisieron decepcionar a sus fieles: eligieron la opción más traumática, para sí mismos y para toda Catalunya.

Tras el adelanto electoral, vía 155, el independentismo afrontó otra fatal disyuntiva: implementar el supuesto mandato del 1-O, erigiendo la nonata República con todas las consecuencias, o acatar el ‘diktat’ de Mariano Rajoy y concurrir a los comicios autonómicos. Esta vez optó por la alternativa más realista, si bien engrosó las listas con candidatos encarcelados y huidos a sabiendas de que, siendo legalmente elegibles, no podrían ejercer como diputados.

Tres meses dura ya la pugna entre el irredentismo de la CUP y Junts per Catalunya –tres investiduras frustradas— y el pragmatismo de ERC y el PDECat, que apremian a enterrar las gesticulaciones baldías y a formar un Govern efectivo. Solo ahora, ante el riesgo de unas inciertas elecciones, el entorno de Carles Puigdemont emite señales de arrepentimiento.

En enero, el periodista y diputado de JxCat Eduard Pujol clamaba contra el presidente del Parlament, Roger Torrent (ERC), por haber suspendido la investidura remota de Puigdemont, acatando la prohibición del Tribunal Constitucional: “¡La dignidad no está sujeta al TC!” Este viernes concedía, menos airado: "JxCat no forzará ninguna situación de desobediencia; alimentaría el conflicto en la mala dirección”. 

EL CESARISMO DE PUIGDEMONT

La disfrazarán de astucia o de paciencia, pero la nueva divisa del ‘procés’ es, al cabo, la obediencia: recobrar (y repartirse) la Generalitat sin regalar más pretextos al Estado para represaliar judicialmente a quienes osaron echarle un pulso.

Pero aún quedan dos escollos por salvar: el cesarismo de Puigdemont y la pulsión insurreccional de la CUP: sin su abstención en una investidura autonomista, el viraje posibilista del ‘procés’ habrá quedado en nada. Y el 15 de julio, elecciones.   

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