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ANÁLISIS

Saludo histórico entre Kim Jong-un y Moon Jae-in, al inicio de la cumbre entre las dos Coreas.

Moon y Kim, los artífices de la paz

Georgina Higueras

No ha cumplido un año en el poder, pero Moon Jae-in ha cumplido hasta más allá de lo imaginable las promesas de su campaña electoral para conquistar la llamada Casa Azul. Moon no cejó ni un día de repetir que quería ser presidente para que la península coreana alcanzase la paz después de la terrible contienda de 1950-53 y todas estas décadas de guerra fría. Su empeño ha sido tal que Kim Jong-un, el rey de los saltos mortales sin red, ha tenido que rendirse a su perseverancia. La cumbre en la zona más militarizada del mundo, aunque conocida oficialmente con el eufemismo de “desmilitarizada”, ha estado llena de gestos y guiños entre dos dirigentes de un pueblo que, después de sufrir la brutalidad del colonialismo japonés, fue dividido en 1945, sin que nadie le consultase nada, por el paralelo 38, que simbolizaba, tanto como el Muro de Berlín, la enemistad entre Washington y Moscú.

Moon y Kim han dado pasos de gigante para conseguir que el armisticio firmado en 1953 por EEUU, Corea del Norte y China se transforme en un acuerdo de paz entre Seúl y Piongyang que impida que los litigios entre los más poderosos se resuelvan en el territorio de los más débiles. Ambos se han comprometido a consensuar un texto, antes de final de año, que facilite las relaciones y el entendimiento entre el Norte y el Sur de la península coreana. Como muestra de que “se inicia una nueva era” han pactado que militares de sus respectivos ejércitos, que hasta ahora no tenían más estrategia que ganar un enfrentamiento entre ambos, celebren reuniones para construir el camino de la paz. No será fácil.

Los dos presidentes se han comprometido a buscar la “desnuclearización total” de la península, pero Kim Jong-un ha advertido que es necesario seguir luchando para hacer realidad los compromisos adquiridos, porque en el pasado hubo otros intentos de pacificación que fracasaron. Sin duda se refería al acuerdo alcanzado durante las negociaciones a seis bandas (EEUU, Japón, China, Rusia y las dos Coreas), por el que su Kim Jong-il (padre del actual presidente norcoreano) entregó a China en junio de 2008 la documentación de su potencial nuclear y destruyó la torre de refrigeración de la central de Yongbion, la única atómica que por entonces tenía. Sin embargo, el presidente George Bush retrasó el cumplimiento de sus compromisos hasta que Piongyang hizo saltar por los aires el texto pergeñado durante años de duras negociaciones.

Destensar la cuerda

En este último año, Kim Jong-un, con sus pruebas nucleares y de misiles balísticos, ha tensado la cuerda al máximo, hasta hacer sacar el revólver al pistolero de la Casa Blanca, pero la valentía de Moon Jae-in de colocarse en medio y encararse a su patrón frenando el despliegue de nuevos misiles antimisiles THAAD y acercándose a China, ha dado un giro copernicano a la situación en el noreste de Asia. Hoy la paz está mucho más cerca que la guerra, mientras Kim Jong-un se prepara para el cara a cara con Donald Trump el próximo junio.

Solo un país se ha quedado descolgado, Japón. La declaración conjunta de Moon y Kim habla de “cumbres a tres o cuatro bandas”, lo que supone la inclusión de China, con quien Kim ya se ha reconciliado. Sin embargo, pese los esfuerzos desplegados por Shinzo Abe para ser tenido en cuenta, ni siquiera ha podido hacer de convidado de piedra. Hay heridas que todavía sangran.

  

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