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Dos miradas

Puigdemont no puede ser ajeno a que su actuación perjudica a los presos. Los símbolos también pasan cuentas. Aunque hipotequen el país

Rull, Turull y Forn han animado por carta a Puigdemont a formar ya un gobierno. El mismo mensaje que expresa Sànchez desde Soto del Real. Vendría a ser un ‘president, no ponga las urnas’ en toda regla. Es evidente que la situación actual no beneficia a los presos. Más allá de que su prisión preventiva parece del todo desmedida, más allá de que difícilmente se puede alcanzar la normalidad política con su privación de libertad, lo cierto es que tener a Puigdemont hablando de crear un Consell de la República, escribiendo comunicados con el membrete de Govern de la República y aprovechando cualquier oportunidad para desprestigiar las instituciones del Estado, no es lo que más ayuda a unos presos que han reafirmado su renuncia a la vía unilateral.
 

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Puigdemont ha conseguido hacer de sí mismo un símbolo. Se le puede reprochar improvisación, pero no falta de habilidad. Pasan los meses y sigue ocupando el centro de los focos y, lejos de laminar su imagen, está erosionando la de España. Gracias, sin duda, a la ayuda inestimable de Rajoy. El problema es que, en ese mundo de símbolos, también se encuentra Catalunya. Atascada. Con la tensión a flor de piel. Amarillo arriba, amarillo abajo. Viviendo en contra del 155 y sin un plan real para avanzar. Pero todo esto Puigdemont  lo sabe. Perfectamente. Del mismo modo que no puede ser ajeno a que su actuación perjudica a los presos. Los símbolos también pasan cuentas. Aunque hipotequen el país.

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