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Análisis

El presidente francés quiere aprovechar la "amistad improbable" con Trump para ocupar una situación privilegiada en el espacio trasatlántico

Cuando John Jackie Kennedy llegaron a París, los franceses cayeron rendidos a sus pies. Era la primavera de 1961 y el general De Gaulle, el gran héroe de guerra, la pura encarnación de la República francesa, sacó sus mejores galas para recibir a la pareja más célebre y con más glamur del momento.

Ayer, cuando Emmanuel Macron y su esposa llegaron a Washington, se respiraba un aire similar. Desde luego, Donald y Melania Trump aspiran a estar a la altura en la primera visita de Estado que acoge como anfitrión desde que llegó a la Casa Blanca.

Otra relación es posible

Una visita, por otra parte, cargada de simbolismo. Macron ha logrado dejar en casa toda la animadversión que el presidente norteamericano genera en la opinión pública tanto francesa como europea. Ya demostró, apretón de manos por medio, que puede ser tan “macho” como él y que no le tiembla el twitter a la hora de declarar que hay que hacer “el planeta grande de nuevo”.

Quiere probar ahora que otra relación con el (supuesto) líder del mundo libre es posible y que es necesario centrarse en aquello en lo que hay que colaborar, como Siria, la lucha contra el terrorismo, o la gobernanza de internet. Quiere aprovecharse de esta “amistad improbable” que ha surgido entre ambos para ocupar una situación privilegiada en el espacio trasatlántico; más aún cuando Theresa May sigue 'tocada' por el 'brexit' y por su propia debilidad interna, y cuando Angela Merkel –que visitará Washington en unos días- ha estado meses ocupada en formar Gobierno.

El mandatario francés también lleva el encargo de tratar de persuadir a Trump de no abandonar el acuerdo nuclear con Irán, cuando se acerca el 12 de mayo, la fecha fijada por este para tomar una decisión; y le alertará asimismo de los peligros, para todos, de iniciar una guerra comercial  a gran escala; y buscará recuperarle para la lucha contra el cambio climático.

Esperanza blanca

No está nada claro que su loable intento vaya a dar frutos. Pese a la volatilidad a la que nos viene acostumbrando, no es tan fácil que Trump cambie de idea. Además, el reciente nombramiento de dos superhalcones como Mike Pompeo y John Bolton para su equipo de máxima confianza no hace augurar nada bueno en ese sentido.

Aún así, Macron se ha convertido en la esperanza blanca de Occidente. No solo fue capaz de frenar el fantasma de la extrema derecha en su país, sino que lo hizo revestido de los valores que representa –o eso dice- la Unión Europea. Desde su llegada al Elíseo, el presidente francés ha puesto en marcha su ambicioso plan de reformas internas, al tiempo que busca liderar la renovación del proyecto europeo. Todo ello con una buena mezcla de visión y pragmatismo. Y bastantes dosis, como ahora están apreciando los estadounidenses, de algo tan francés como la seducción.

Que triunfe, o no, en todos sus frentes es una incógnita que solo resolverá el futuro. De momento, al menos, está dando juego en un panorama político por lo demás bastante deprimente.

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