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Al contrataque

El patio de la escuela La Farigola, en Barcelona. 

RICARD FADRIQUE

La preinscripción explicada a los racistas

Najat El Hachmi

"No os quieren como compañeros de sus hijos porque sois de fuera", nos dijeron las maestras. Fue entonces cuando tomamos conciencia de nuestra condición de extranjeros

Los alumnos de esta escuela hablan catalán como si hubieran nacido en una familia catalanohablante. No se ven a sí mismos como extraños, se conocen unos a otros por sus nombres, sus características físicas, los rasgos de la personalidad, las manías, los defectos y las virtudes. Es decir, se miran unos a otros como individuos que son, personas en crecimiento que van descubriendo el mundo. Dicho de otro modo, se consideran niños normales y corrientes. Y en cambio observan una característica del centro donde se educan que ahora mismo les parece una simple curiosidad: casi todos los alumnos provienen de familias extranjeras.

Sus padres nacieron fuera pero ellos no. Y eso se traduce en una lengua familiar distinta, unas costumbres particulares pero a simple vista no parecen escindidos. Sus madres también han entrado en la escuela a aprender la lengua que ahora es de los hijos, con el esfuerzo y el coraje que requiere ponerse a estudiar cuando ya se tiene una edad y, como dicen ellas, «la cabeza llena de problemas».

No sé si estos niños reciben insultos racistas dado que la mayoría de ellos son susceptibles de ser agredidos por su aspecto externo, su color de piel o sus cabellos rizados cuando todo esto se encuentra con el magma de un subconsciente colectivo que ha decidido quién puede ser o no ser discriminado. No sé si se preguntan por qué en su escuela no hay ningún niño con la piel más clarita, de esos que tienen madres que dentro de casa hablan la misma lengua que las maestras.

Yo fui a una escuela parecida a la suya y esta cuestión no nos preocupaba demasiado. Hasta que un día un grupo de padres quisieron inscribir sus retoños en las buenas escuelas de la ciudad y al quedar fuera les tocó la nuestra. Se organizaron, se manifestaron, salieron en los periódicos y se reunieron con el alcalde. Se sentían indignados, manifestaban públicamente que se estaban vulnerando sus derechos no porque no hubiera ninguna plaza para sus criaturas sino porque tenían que venir a nuestra escuela.

Y con tanto alboroto incluso quienes estudiábamos en ese centro nos enteramos. Nosotros no lo entendimos y fueron nuestras maestras las que nos lo explicaron: no os quieren como compañeros de sus hijos porque sois 'de fuera'. Aunque muchos habíamos nacido en otro país, fue entonces cuando tomamos conciencia de nuestra condición de extranjeros.

Contar Mohameds

De esto hace muchos años, todavía se hacía EGB, pero aún me acuerdo. En pocos días comenzará la preinscripción escolar para el próximo curso y muchos padres que viven cerca de escuelas como la de aquellos niños ni de lejos se les pasará por la cabeza que pueda ser una opción para sus vástagos. Otros, en vez de informarse sobre el proyecto educativo del centro, se plantarán en las puertas de los colegios a contar Mohameds. Después dirán que ellos, racistas, no lo son en absoluto

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