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DOS MIRADAS

Rosas preparadas para Sant Jordi.

FERRAN NADEU

Sant Jordi tiene varias tradiciones que no entiendo y que me cuesta compartir y, pues, expandir. El pan de Sant Jordi, por ejemplo, que me parece que ya tiene treinta años (no sé donde lo he leído) y que consiste en un pan de payés normal pero con un interior cuatribarrado. El amarillo debe ser de algún tipo de harina que amarillea la miga y el rojo responde a la introducción de sobrasada en la elaboración de la masa, de tal manera que amarillo y rojo se conforman para que el interior del pan parezca una bandera. No lo veo y no quiero pensar qué pasaría si a alguien se le ocurriera hacer un pan independentista de Sant Jordi. Quiero decir que no me sé imaginar de donde saldría el azul, tal vez de los mismos colorantes que utilizan para los helados que llaman "pitufos". Ahora que lo pienso: seguro que ya debe existir, este pan. En la misma línea gastronómica y de imaginativa repostería patriótica está el pastel de Sant Jordi, con una rosa de pan ácimo en lo alto. Tampoco lo entiendo ni lo comparto.

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Regalar o recibir rosas, en cambio, me merece más respeto, porque es un detalle emotivo y amoroso. Este año (y nunca sabré cómo lo calculan) se venderán 600.000 amarillas, por todo lo que ustedes ya saben. Yo, si fuera florista, no las decoraría con ningún símbolo sino que añadiría una cinta con un fragmento de 'Kensington', el poema de Gabriel Ferrater: "No, si la flor no cuenta. Es que era toda amarilla. Te me he convertido en flor amarilla".

Temas: Rosas Sant Jordi