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ANÁLISIS

Dedicado a los enterradores, o no

Emilio Pérez de Rozas

Lo siento por los que llevan semanas, meses, limando los clavos y sacando brillo al martillo que cerraría la caja en la que muchos pretendían enterrar al Barça. No sé si al Barça de Josep María Bartomeu, puede, sí; tampoco si se trata del Barça del demasiado visto Leo Messi (nueve temporada metiendo 40 o más goles); tal vez, estuviesen queriendo liquidar el Barça de Andrés Iniesta, el puto amo y dios; quien sabe si al Barça de Roma, puede, sí, claro, ese Barça lo odia todo el mundo, pero ese Barça fue idéntico al Madrid de alguna hecatombe, al mismísimo PSG de hace unas semanas, al intratable Manchester City de hace unos días, a la Juventus, incluso, del Bernabéu, es decir, ese era un Barça (como un Madrid, como un PSG, como un City) que puede aparecer un día de forma incomprensible ante cualquier rival en Champions.

Pero no, en lugar de comprender que una noche así le puede ocurrir a cualquiera, lo que hicieron los enterradores, lo que empezaron a ejecutar los fabricantes de clavos y los vendedores de martillos fue el entierro de todo un proyecto. Y puede, mira, eso si se lo concedo, que no fuese una campaña orquestada (concluida con el rumor de que Bartomeu quería cesar a Ernesto Valverde), pero fue un 'tsunami' dañino, basado en que este Barça, ya ven, el del doblete, el del récord histórico en la Liga, el que se levantó tras perder la Supercopa de España ante el Real Madrid, no jugaba a nada y era una porquería, que se mantenía sobre los goles de Messi.

El Barça de siempre

Ese Barça, señores, provocó anoche una de las mayores alegrías de la historia de este más que centenario club ante un rival que le había complicado la vida hasta extremos impensables. Ese Barça, señores enterradores, es el Barça de Valverde, de Messi, de Iniesta, de Piqué, de Suárez, de Busquets, de, de, de…Ter Stegen y Cillesen, que no tocó pelota.

Y es el Barça, el mismo Barça, que jugó sin canteranos en Vigo entre otras razones (y muy pocos lo contaron, vaya, vaya) porque la noche anterior todos los canteranos, los más buenos y los menos buenos, estaban intentando salvar su piel y la Segunda División en Huesca, sin conseguirlo. Porque ese Barça, el del 0-5 de anoche en Madrid, es el mismo que mañana jugará, vaya, vaya, vaya, con su juvenil la final de la Champions juvenil.

Ese Barça, que a ratos ha jugado un fútbol excelente, casi, casi extraordinario, ha sido un equipo que ha tenido que reconstruirse tras la traición de Neymar Júnior, superar la doble derrota supercopera, soportar la presión del 'procés' (recuerden que estuvieron a punto de suspender el partido de Liga ante Las Palmas) y, al final, cerrará su temporada con un doblete, más meritorio que el del City de Pep Guardiola, el mejor entrenador del mundo, sí.

Me voy a Canaletas. Espero no encontrarme a ningún enterrador. Voy a cantar el título y a llorar el adiós de Andrés Iniesta, que se va a China en plenitud de condiciones físicas y mentales. Es más, no se por qué se va. No, por eso no se va, se lo digo yo. Anoche parecía un juvenil.
 

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