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EDUCACIÓN SEXUAL

El pozo de la pornografía

Ángeles González-Sinde

Colonizar la fantasía de los adolescentes con las imágenes del porno estereotipado es convertirlos, en el mejor de los casos, en ignorantes e incompetentes

Tener hijos es afrontar miedos casi a diario. Cuando son recién nacidos si no te despiertan ellos con su llanto, te despiertas tú para pegar la oreja a la cuna y asegurarte de que respiran. Cuántas veces no habré puesto la mano sobre su espalda, su vientre para asegurarme de que se producía ese movimiento rítmico. Saber respirar, como saber comer o saber digerir la leche mamada no es automático. El ser humano nace en una fase de desarrollo muy inferior a la de otros mamíferos; no llegamos al mundo, como los potros o los terneros, capaces de ponernos en pie y andar. Cuando la etapa bebé se ha superado y nuestros hijos caminan, empieza otra: la del pánico a que se den un golpe o peor aún se corten, se electrocuten, se precipiten por una ventana o vaya usted a saber qué otra desgracia. Convivir con un pequeño nos pone en alerta casi permanente. La culpa la tiene, como sabemos, su curiosidad. El deseo de investigar los lleva a dejar caer los juguetes por el placer de verlos estrellarse contra el suelo y comprobar cómo nosotros nos agachamos a recogerlos. El afán de experimentar les hace meter los dedos en los enchufes, gatear hasta los rincones más insospechados, chupar y morder cuanto cae en sus manitas, pues en la primera infancia el tacto y el olor son las herramientas principales de percepción.

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Luego su mente se va desarrollando y podemos dialogar para hacerles entender lo temerario de ciertas conductas. Superado el primer septenio, descansamos de nuestra vigilancia, pero por poco tiempo. Pronto llega la preadolescencia y empieza otra lucha: los críos quieren tener móvil propio para seguir explorando. Esta batalla en algunas familias puede alcanzar niveles de tensión interestelares: los padres nos resistimos, ellos insisten, saben hacer valer sus derechos. Como el mejor letrado nos acusan de ser los primeros que abusamos de las pantallitas, y antes o después logran el codiciado dispositivo. Algunos tienen la suerte de que sus padres les compran los móviles sin debate, precisamente porque con el telefonito esos progenitores espantan algunos miedos y creen que tendrán controlada a su criatura en todo momento. Yo no soy de ésas, mi caso es el contrario. Aunque mi hija esté físicamente en su dormitorio, si está con el móvil o la tableta, no tengo ni la más remota idea de donde está mentalmente y eso me espeluzna.

Hace ya unos años, cuando me lamentaba con un amigo de la relación de nuestros hijos con la tecnología, él, también padre, repuso: “Igual que para nuestros padres el temor era que jugando en un descampado nos cayésemos a un pozo, hoy el pozo es internet. Despreocúpate.” Pero no lo he logrado. El fantasma del pozo que se puede tragar a mi niña se me aparece en cuanto está un rato en su cuarto con la tableta. Y de los pozos que mi fantasía dispara, el más profundo y el que más me aterra es el de la pornografía. Otros tendrán pánico a las drogas o los pederastas o a los casinos en línea o a las sectas. El miedo es libre. A mí lo que me espanta es que mi hija, sea por iniciativa propia, sea porque se lo enseñan sus amigos, empiece a encontrar películas porno en internet y se crea que ésa es la realidad, eso es lo que tendrá que hacer y lo que tendrá que sentir cuando esté con una pareja.

Las estadísticas indican que el consumo de porno en internet es altísimo. Según Carles Colis explicaba en este diario “un tercio del tráfico mundial en internet es pornografía” y “hoy el porno es la escuela de educación sexual de los niños y niñas”.

Colonizar la fantasía de los adolescentes con las imágenes del porno estereotipado, duro, violento que abunda en la red, antes de que puedan descubrir la sexualidad por ellos mismos en una relación erótica real, es convertirlos, en el mejor de los casos, en ignorantes e incompetentes. Llegado el momento tendrán miedo de no estar a la altura, se sentirán decepcionados o que decepcionan, verán limitada su capacidad de expresión porque piensen que lo que les gusta o les desagrada no se acomoda a lo que han visto en la red como la norma. Y en el peor de los casos, se volverán, por ignorancia, en cooperadores necesarios de modelos sexuales sexistas, misóginos, racistas, sádicos, humillantes y circenses. Porque quienes hacen pornografía, en contra de lo que predican, lo último que defienden es la libertad de cada cual para ser como espontáneamente desee ser. No todos los hombres quieren ser depredadores, ni agresores, ni todas las mujeres agentes pasivas o humilladas. Es difícil explicar a un adolescente qué es el placer, cómo se alcanza, qué es normal y que inaceptable. Tenemos todavía demasiados tabúes y dificultades como padres y como educadores, nosotros mismos no recibimos una educación adecuada y en el mejor de los casos aprendimos equivocándonos. Pero dejar la educación sexual en manos de los pornógrafos, no es una opción.

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