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El negocio tóxico de la falsa felicidad

Lucía Etxebarria

Mañana, lunes 23, será el primer Sant Jordi, desde hace exactamente 22 años, que yo no esté presente en Barcelona. A lo largo de 22 años, cada 23 de abril, he recibido cartas, patucos para bebé, declaraciones de amor, rosas de todo tipo y color, y regalos de lo más variopinto que iban desde broches a ilustraciones dibujadas a mano en exclusiva para mí.

Tomar esta decisión ha sido muy duro, pero llega un momento en que hay que cerrar etapas.  Tuve muy complicado publicar mi último libro en una editorial grande, así que decidí autoeditarlo. Y mientras mi libro se consideraba muy poco comercial, mi exeditorial estimaba conveniente publicar el libro de un 'youtuber' que, a día de hoy, está imputado por cinco delitos (dos denuncias de malos tratos por parte de dos exparejas y tres, por acoso y abuso sexual a menores). Por si fuera poco, basta con ver las faltas de ortografía que el 'youtuber' va salpicando en sus mensajes en redes sociales para entender que es imposible que ese chavalito (o presunto chavalito, es mayor de lo que parece) haya escrito un libro. Doy por hecho que alguien lo habrá escrito por él.

A nadie le sorprende cuando ve que la chica que más firmas tiene este año es una 'youtuber' que presume de no leer nunca, y que precisamente por eso se dio un baño de espuma en una ciudad que padece sequía endémica y cuyo suministro de agua se cortará dentro de un mes. Porque no lee. Porque no se la había ocurrido, antes de emprender ese viaje de lujo –que era en realidad una campaña de publicidad–, leer una guía o un poco de información sobre el país al que se dirigía. Tampoco sabía que es ilegal (aquí y en África) publicar fotos de menores sin permiso de sus padres, mucho menos publicarlas en el contexto de una campaña publicitaria, y en un contenedor publicitario.

La chica que tiene más firmas este año es una 'youtuber' que presume de no leer nunca

A raíz del último libro que he escrito, he recibido más de mil mensajes. Uno por cada tres libros vendidos. La mayoría de los que me escriben lo hacen  por las mismas razones (excepto algún despistado que aún me manda 'fotopollas', claro). Adictos al sexo, a la comida, a cortarse, personas que sufren de ansiedad o depresión crónica, supervivientes de abuso o de maltrato. Algunas de ellas muy jóvenes, menores. (Desde aquí aprovecho para explicar que es imposible que os responda a todos). Personas que se sienten extrañas en un mundo que promueve una felicidad de gominola, una felicidad que les resulta profundamente ajena.

Ellos y yo somos capaces de ser felices, por supuesto, no estamos deprimidos a todas horas, pero, en la oscuridad, antes de dormir, justo cuando cerramos los ojos, nos encontramos con imágenes intrusivas que creíamos desterradas y que vuelven. Gente que lo hemos probado todo. La terapia, el reiki, el yoga, las pastillas, el ejercicio a nivel obsesivo, el enamorarnos de quien no debemos. Gentes que nos sentimos débiles pero que somos extraordinariamente fuertes, porque de alguna manera hemos arrinconado todo aquello en un rincón del subconsciente y nos las hemos arreglado para avanzar.

Las cosas serían mucho más fáciles si todo el mundo reconociera que existimos y que la gente que nos agredió también existe. Si no lo ocultáramos todo bajo un manto espeso de silencio y de vergüenza tóxica.

Entretanto, allí estará el 'youtuber' firmando. Gente como nosotros se encontrará un poco perdida entre la oferta editorial de 'influencers', 'youtubers' y 'gilipollers' varios. De gente que nos engaña vendiéndonos placer y llamándolo felicidad. Gente que hacen un enorme negocio de vender objetos y servicios que presuntamente nos harán felices: comida, viajes, ropa, cosméticos, gimnasios. Les hemos creído y hemos confundido las pequeñas recompensas cortoplacistas con la felicidad. Nos hemos vuelto adictos. Y al buscar el alivio inmediato nos olvidamos de nosotros mismos. Y cuando el mecanismo para salir de esa insatisfacción es buscar más recompensas a corto plazo es cuando llega la adicción, la depresión y todas esas historias que me escriben en las cartas.

Si eres uno de esos tantos como nosotros, quizá mañana deberías olvidarte de la marea consumista y volcarte más en el amor. El amor de verdad no necesita que le regales nada (ni siquiera un libro y una rosa). 

Excepto, comprensión, un oído atento y tiempo.

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