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MIRADOR

Carles Puigdemont, ayer, en un receso de la reunión de JxCat en Berlín.

Puigdemont espera el Gordo

Luis Mauri

Si la justicia alemana rechazara también la acusación de malversación de caudales públicos, el revolcón y el ridículo internacional del Estado adquirirían dimensiones colosales

La noria del procés gira, gira y gira, y en ocasiones aturde o incomoda a algunos ocupantes de las canastas. Los que ayer se atrincheraban en el maximalismo, hoy abogan por el pragmatismo. Los que ayer zureaban, hoy emprenden el vuelo del halcón.

Hasta hace menos de dos semanas, el empecinamiento de Carles Puigdemont había acabado convirtiendo al expresident en un estorbo para todos menos para sí mismo, sus pretorianos y la CUP, que ve en él un instrumento de oportunidad para persistir en el choque con el Estado. Pero el hondo revés de la justicia alemana a la instrucción del Tribunal Supremo ha revigorizado al jefe de filas de JxCat. El rechazo de la Audiencia de Schleswig-Holstein a entregar a Puigdemont por el delito de rebelión que le imputa el juez Pablo Llarena ha galvanizado el liderazgo independentista del expresident, muy especialmente en el ángulo emocional, allí donde la política cohabita con la mística.

Marcando el tiempo

Consciente del valor coyuntural de esta nueva oportunidad, Puigdemont está reforzando su posición en el seno del bloque secesionista y marcándole los tiempos en el proceso de investidura del futuro presidente de la Generalitat, que sigue bloqueado cuatro meses después de las elecciones. Contra el criterio de Esquerra Republicana y de la cúpula de su propio partido, que hace muchas semanas que vienen reclamando sin éxito la formación urgente de un Govern efectivo para levantar el 155, el expresident parece decidido a apurar a su antojo y conveniencia el calendario, que expira el 22 de mayo.

Puigdemont acentúa con esta demora su pulso con el Gobierno de Mariano Rajoy, mantiene sobre el tablero su reivincación personal de la presidencia de la Generalitat, nutre su liderazgo, subraya la desmesura de los jueces españoles en contraste con los tribunales europeos y amplifica la internalización del conflicto. La internacionalización de la causa independentista para la que el Diplocat se reveló incapaz, se la ha brindado en bandeja de plata el Estado con las cargas policiales inexcusables del 1-O y la desproporción de la fiscalía y de los jueces. La contumacia en el error y la torpeza es de récord.

El Gordo de Navidad

Entretanto, Puigdemont y sus pretorianos cruzan los dedos en espera de un premio mayor que el Gordo de Navidad. Si la justicia alemana rechazara también la acusación de malversación de caudales públicos, el revolcón y el ridículo internacional del Estado adquirirían dimensiones colosales. Esa circunstancia, si se produjera a tiempo, podría aconsejar al expresident forzar unas nuevas elecciones. Quizás el bloque independentista no engordase, pero él sin duda multiplicaría su poder relativo en su seno.

Las vueltas incesantes de la noria no deben hacer perder de vista la insoslayable y larga batalla por la hegemonía del nacionalismo catalán. Ni que el día en que se constituya un Govern efectivo bajo el mando de otro president, la estrella de Puigdemont empezará a declinar. ¿Pronóstico aventurado? Solo hay que recordar a un tal Artur Mas.

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