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La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes

DAVID CASTRO

Los dueños del diccionario

Jordi Puntí

Como si fuesen novelistas, o poetas, los políticos les hacen decir a las palabras cosas que no están en su definición

Todo sucede ante nuestros ojos, a plena luz del día, pero no damos crédito porque resulta todo tan obvio, tan transparente. La mejor forma de esconder algo es dejarlo a la vista de todo el mundo, suelen decir en las películas de atracos, y en este caso casi sería mejor creer que actúan con ingenuidad y no con tanto cálculo. Me refiero al Gobierno español y su forma de usar las palabras, claro, y también a ciertos jueces, claro.

Veamos un ejemplo reciente, el máster de Cristina Cifuentes. En su propio partido no hay unanimidad sobre su futuro, pero disimulan. Todos saben que lo lógico es que Cifuentes dimita, y entonces el ministro Rafael Catalá sale en la radio y nos deja esta frase: "Esperamos que Cifuentes tome sus decisiones a la vista de la verdad final".

Manipulación del lenguaje

La verdad final. El sintagma chirría, y en boca de un cargo público debería ponernos en guardia, pero lo aceptamos como si nada. Una verdad final presupone que ha habido antes una verdad inicial, o varias, y que algo ha cambiado, cuando en realidad solo puede haber una verdad -lo que ocurrió-. El uso del adjetivo habla de una manipulación consciente del lenguaje, en este caso aireada quizá de forma inconsciente, y me recuerda a esa fórmula que utiliza el departamento de prensa de Trump, que a sus propias mentiras las llaman "verdades alternativas".

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Estas maniobras lingüísticas aparecen también en las interlocutorias, esas novelas malas; en las amenazas de los ministros; en las condenas a músicos por injurias graves y enaltecimiento al terrorismo. Como si fuesen novelistas, o poetas, les hacen decir a las palabras cosas que no están en su definición del diccionario, y cada día nos dan una nueva lección de vocabularioViolencia. Rebelión. Sedición. Terrorismo. Masacre.

Un día de estos le cambiarán el sentido a la palabra realidad, y entonces, por fin, nos preguntaremos quiénes son en España los dueños del diccionario, si los políticos o los académicos. ¿No es hora ya de que la Real Academia de la Lengua se queje de tanta injerencia?

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