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IDEAS

Alta fidelidad a 'Alta fidelidad'

Alta fidelidad a 'Alta fidelidad'

Miqui Otero

Cuando leímos esta novela estábamos hechos de canciones. Si un estribillo nos dijera que circuláramos por el carril izquierdo, que trepáramos hasta el balcón de esa persona, que nos compráramos un papagayo, seguramente le habríamos hecho caso.

"Hay quien se preocupa de que los niños pequeños jueguen con armas de fuego. A nadie le preocupa en cambio que los niños escuchen miles, literalmente miles de canciones que tratan siempre de corazones destrozados, de rechazos y abandonos, de dolor, tristeza, pérdida", escribe Nick Hornby en 'Alta fidelidad'.

En realidad lo dice Rob Fleming, el narrador de esa novela. Y aunque él entonces tenía mi edad ahora y más del doble de la que yo tenía cuando la leí, por alguna razón el lector que aún incluía en un mismo ticket del súper litronas de marca blanca y gominolas, espuma de afeitar y Clearasil antiacné, se sentía identificado con él. Su historia arranca con listas porque para todo hace listas, y no solo para la compra: las cinco rupturas amorosas más memorables que me llevaría a una isla desierta. Y entonces yo contaba con los dedos de una mano las mías y me sobraban (unos cuantos).

El problema es que cada uno de nosotros, a diferencia de las buenas canciones y los grandes libros, envejece

Rob era ese treintañero, casi varado en esa fase anal en la que se instalan los obsesos de la música pop, que hacía balance de su vida sentimental y la intentaba entender a través de los discos que vendía en su tienda: "¿Qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba música?". Y yo asentía, a pesar de que entonces más que vinilos compraba en el bazar chino rotulador indeleble para titular los cedés Verbatim que había pirateado.

Disney ha anunciado que va a rodar una nueva versión de esa novela y de la película que la adaptó. John Cusack, protagonista de aquel filme, ha dicho que apestará, aunque cambiar el personaje masculino a femenino le parece una buena idea. Sospecho que el problema no reside en que ahora esa historia melómana deba discurrir entre música en 'streaming' y vinilos reeditados para nostálgicos. O en que el arquetipo del mujeriego perdedor y desastrillo se haya convertido en un cliché. Ni siquiera en que probablemente Disney haga lo que hace Disney: dibujar cualquier personaje, desde una institutriz victoriana a una amante del pop, como eso, un dibujo animado de Disney, en dos dimensiones. El problema de Cusack, como el mío, no es si por culpa de esa adaptación la historia envejece mal, sino que cada uno de nosotros, a diferencia de las buenas canciones y los grandes libros, envejece. Podemos volver a escuchar una canción, pero no a escucharla por primera vez. Aunque nuestra adolescencia, como en la canción de Elvis Costello, 'High Fidelity', nos persigue gritándonos desde los acantilados de los estribillos: "¿Puedes oírme?".

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