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La fiesta del libro

Una cubierta de cartulina

Rosa Ribas

Ver que famosos y famosillos aparecen con sus 'obras' y acaparan atención y público se siente como una degradación de la profesión

Solo he participado una vez en las firmas de Sant Jordi. Fue una experiencia extraña, con momentos divertidos, emocionantes, estresantes y otros más bien patéticos. Como me sucedió cuando, tras sortear varios muros humanos, logré entrar en una gran caseta con unas ocho mesas para las firmas simultáneas de los autores. Al sentarme, vi que unas vallas metálicas y personal de seguridad frenaban a las seguidoras enfervorecidas de un presentador muy famoso de la televisión. Las vallas no solo contenían a las fans, sino que impedían también el acceso a mi mesa, con lo cual mi presencia pasó de ser simbólica (vamos a poner a algún escritor haciendo bulto) a directamente superflua.

Podría haberme levantado y marcharme a tomar un café, pero algo, tal vez la pereza de volver a cruzar entre la masa de gente, o tal vez el instinto que auguraba que de ahí saldría algo que contar, me llevaron a quedarme. Y el premio fue un 'show' berlanguiano que en parte compensó mi humillante mesa desierta.

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En parte, digo, porque ver que famosos y famosillos aparecen con sus 'obras' y acaparan atención y público se siente como una degradación de la profesión, de la literatura, del esfuerzo, de pasión por la palabra, de todo aquello que nos ha llevado a ser escritores. Cierto.

Pero no. Esa no es la actitud.

Desde la soberbia

Creo que los escritores deberíamos contemplar este fenómeno más bien desde la soberbia. Los blogueros, 'influencers', mediáticos, famosetes… se vuelven locos por tener 'su' libro en las manos, aunque solo sea por ver su nombre sobre una cubierta de cartulina. Por supuesto que soy consciente de que detrás hay sobre todo un cálculo comercial. Pero miradlos con sus libros. Los quieren, los desean, los enseñan con la misma alegría que cuando los Reyes, por fin, te traían lo que llevabas varios años poniendo en la carta.

Por eso, compañeros escritores que os vais a tener que enfrentar este año otra vez a esta experiencia, no miréis desde abajo, desde la autoestima lastimada, sino desde arriba, desde la arrogancia, la soberbia, el orgullo de vuestro nombre estampado en la tapa del libro que habéis escrito.

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