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ANÁLISIS

Uno de los misiles lanzados por EEUU en la operación.

Las líneas rojas en Siria

Rafael Vilasanjuan

La realidad del ataque es que solo ha sido un gesto cara a la galería, para salvar la cara

No nos lancemos a criticar el ataque de los misiles americanos, franceses y británicos en Siria como si fueran la causa de un nuevo escenario que puede traer más sufrimiento y dolor. Bombardear nunca es la solución, pero si el Ejército sirio utilizó armas químicas contra su población, traspasando esa línea que las leyes de la guerra prohíben, evitar con todos los medios que la población siga sometida al exterminio es una obligación y eso puede incluir un ataque con armas para prevenir más masacres con gases químicos.

¿Cuántas veces se tiene que repetir la barbarie? A pesar de la distancia, HitlerStalin o el genocidio en Ruanda permanecen en el recuerdo como episodios vergonzosos donde una intervención a tiempo hubiera salvado muchas vidas. Las prácticas criminales de Bashar el Asad en Siria no son muy diferentes y aunque es probable que la respuesta no pueda ser únicamente militar, inquieta que siga matando indiscriminadamente, que siga torturando sistemáticamente a todos sus opositores y que además utilice gases químicos para asesinar desde el aire, allá donde sus soldados no pueden a entrar a sangre y fuego.

Pura ilusión

Si ese centenar de cohetes hubieran acabado destruyendo el arsenal químico o reduciéndolo considerablemente ¡bingo! Pero, a diferencia del armamento nuclear, la elaboración de armas químicas no es compleja y pretender poner fin a la amenaza atacando instalaciones es pura ilusión. En el mejor de los casos esta acción será irrelevante, en el peor la señal para que Asad intuya que tiene manos libres frente a la impotencia de Occidente y la falta de un plan para poner fin a su carnicería. Porque la realidad de los misiles es que solo han sido un gesto cara a la galería, para salvar la cara sin entrar a valorar ni uno solo de los problemas a los que hay que hacer frente para evitar que nuevas masacres se lleven cada día a niños y madres inocentes, a miles de civiles que solo quieren vivir en paz. 

Lo que necesitan los sirios no es un catálogo de líneas rojas, es que nos hagamos cargo de sus refugiados mientras se abre una mesa internacional de negociación entre los países implicados en el conflicto. Una nueva ofensiva diplomática -si es necesario amenazando con armas- para obligar al Gobierno sirio a aceptar corredores humanitarios que alcancen a las poblaciones sitiadas y den acceso a las organizaciones internacionales de ayuda. Pero cuando ni siquiera somos capaces de proteger a los refugiados que expulsamos de nuestras fronteras, si se pretende vender la idea de proteger a la población indefensa, la señal lanzada con cada uno de esos misiles es una gran mentira.

Bashar el Asad sabe que no hay líneas rojas porque hace tiempo que Occidente ha perdido la ética de esta batalla. Ganarla requiere andar otro camino, ¿o acaso no es lo mismo ahogar con gas sarín a una población sitiada que condenarla a una agonía similar, ahogándola en el Mediterráneo, mientras se paga a las mafias y se retiene a las organizaciones que intentan evitarlo? ¿Dónde están las líneas rojas?

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