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Crisis del gigante sudamericano

Brasil, el fin de un idilio

Salvador Martí Puig

El proceso a Lula es para muchos una venganza política de los plutócratas brasileños

Quedan lejos (emocional, que no cronológicamente) los tiempos en que aparecían reportajes en los medios de comunicación sobre las bondades del gigante latinoamericano. Entonces Brasil era el modelo a seguir para los países emergentes.

Ejemplo de ello fue que Brasil realizara, en un poco tiempo, tres gestas que lo encumbraron al estrellato. La primera, y más cacareada, fue la consecución de dos nominaciones consecutivas para realizar dos grandes eventos mediático-globales, a saber, los Mundiales de fútbol del 2014 y los Juegos Olímpicos del 2016. La segunda fue encadenar 16 años seguidos de crecimiento con estabilidad política y económica de la mano de dos presidentes -Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva- con un perfil totalmente diferente, pero con una gran capacidad de establecer amplias alianzas políticas y de proyectar su liderazgo a nivel nacional e internacional.

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Y la tercera, y sin duda la más relevante, fue la capacidad de implementar (sobre todo por parte de la administración Lula) un ambicioso programa de políticas sociales focalizadas que sacaron de la pobreza a decenas de millones de personas a las que se les abrió una vía de ascenso social, tanto material como simbólico.

Sin embargo, hoy el idilio que el mundo tenía con Brasil parece haber llegado a su fin. El ya frágil equilibrio de crecimiento económico, consenso político y cohesión social hace unos años que se desbarató. Dilma Rousseff fue víctima de ello hace poco, y ahora lo es Lula. No es fácil explicar porqué esto ha ocurrido, ni tampoco las razones por las cuales el más carismático de los artífices del milagro brasileño acaba de entrar en prisión. Con todo hay dos líneas argumentales que pretenden responder este episodio.

Economía y grandes empresas

Una es la que expone que Lula en sus años de gobierno, y mientras el PT fue hegemónico, mantuvo alianzas políticas con partidos tradicionales otorgándoles favores y prebendas a cambio de estabilidad gubernamental. Y en la misma dirección, la administración Lula impulsó políticas económicas hiperpragmáticas en sintonía con los intereses de las grandes empresas y, a cambio de ello, estas contribuyeron a engrasar las finanzas del PT y la de alguno de sus cuadros.

Estas explicaciones son las que se hacen valer a izquierda y derecha del PT para sostener que el juicio político a Lula tiene una base real. La otra línea argumental, sin embargo, señala que enviar a Lula a la cárcel no tiene nada que ver con la lucha contra la corrupción en un país que tiene una clase política históricamente corrupta. Esta visión señala que se trata de un acto de venganza de los plutócratas contra la herencia política de Lula y su trayectoria personal. Es decir, que no tiene otro objetivo que humillar a un trabajador y sindicalista que se atrevió a convertirse en presidente a través de organizar un movimiento político de base y que llegó al poder gracias al voto popular, y que si hoy hubiera elecciones volvería ganar. Son dos líneas argumentales que se complementan, pero que también generan disonancia cognitiva.

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