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La mensajería rápida

Precariedad a domicilio

Eva Arderius

Las plataformas dan servicios para ricos en versión 'low cost' por las condiciones laborales de sus empleados

Me lo encuentro en el portal, llama a un piso, le abren la puerta y deja la bici aparcada dentro. Le cedo el paso en el ascensor. Los tres, él, su enorme mochila y yo, no cabemos. Tiene prisa, va empapado, llueve y se ha mojado. Me pide que mientras espero el ascensor le vigile la bici y así lo hago. Es una manera de compensar la mala conciencia que me genera ser usuaria, cada vez más, de estas plataformas digitales de mensajería rápida que todo el mundo sabe que no ofrecen buenas condiciones de trabajo a sus empleados.

Estos mensajeros me han salvado la vida en muchas ocasiones. Me han comprado y traído libros en menos de 20 minutos, llaves y cargadores de móvil olvidados, comida y productos de farmacia y perfumería que en ese momento parecía imprescindible tener. Me he acostumbrado a ver sus enormes mochilas amarillas por las calles. En bici, metro o moto.  Son esclavos del GPS, saben que el cliente sigue ansioso su recorrido. Se les puede encontrar esperando las comandas en las puertas de bares y restaurantes o en zonas estratégicas de la ciudad. Las condiciones de trabajo de los repartidores son duras y cuando más duras son, más trabajo tienen. La demanda va en función de la pereza colectiva.

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Me he dado cuenta que he desarrollado un sexto sentido para prever cuando los veré en la calle. He elaborado un seudoestudio de campo. Las horas punta son los domingos por la noche cuando, después de un fin de semana fuera de casa, la nevera está vacía. También en días de partido de futbol y sobre todo cuando llueve o hace frío. Cuando menos apetece salir, más tienen que salir ellos. Esta semana leía un tuit de alguien que mostraba la contradicción de ver a una chica con una gran mochila llena de comida preparada corriendo por los pasillos del metro mientras el destinatario estaba en el sofá, esperando la cena.

Nuestra máxima de vida

Este servicio de repartidores se ha creado para aumentar nuestra comodidad, cumplir nuestros deseos y suplir nuestra falta de memoria. Para seguir viviendo al momento, sin planificar nada. Si me olvido algo, solo tendré que deslizar mi dedo por el móvil y siempre habrá alguien que me lo traiga en tiempo record. Ahora y sin esfuerzo, esta es la razón de ser de estos negocios y esta es cada vez más, nuestra máxima de vida.

Me gusta que existan servicios como Glovo o Deliveroo, que haya tiendas abiertas hasta tarde, que cada vez se puedan hacer más cosas sin pedir cita previa y anular reservas de hotel sin coste y con un solo clic. Pero estas facilidades no pueden ser baratas. Son servicios para ricos pero en versión 'low cost'. Demasiado 'low cost'. Estas 'apps' de repartidores, un nuevo caso de dudosa economía colaborativa, serían idílicas si los sueldos superaran los 600 euros mensuales y si los trabajadores no tuvieran que asumir los autónomos, ni el coste del transporte ni el evidente riesgo de sufrir accidentes. Estoy dispuesta a pagar más para no tener que levantar el culo del sofá, pero sobre todo para evitar la mala conciencia que me provoca contribuir a un servicio que, según sus trabajadores, les explota. En definitiva, pagar más para evitar que las nuevas comodidades sean las nuevas precariedades. 

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