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IDEAS

Cultura de metrópolis

Xavier Bru de Sala

Contemplamos la cultura metropolitana como un fenómeno subsidiario, al margen y en perdedora rivalidad contra el feroz centralismo barcelonés. De facto, la cultura metropolitana no existe. No existe por la tozudez de tantos municipios empeñados en brillar con lucecita propia en vez de ensanchar la mancha en el mapa.

Gràcia, Sants o Nou Barris tienen más personalidad cultural reconocida que Santa Coloma o Molins de Rei. Pertenecer a Barcelona, ​​ser una parte de Barcelona, ​​no es en modo alguno inconveniente. Solo hay que aceptar la primacía, unir y subordinar el propio nombre a un sello, el de Barcelona, ​​que podría ser de todos si todos lo quisieran. Que impulsaría a todos si todos se impulsaran con él.

Barcelona es la primera marca de Catalunya en todas partes (Barcelona World valía para Tarragona) menos en su entorno inmediato

Fira de Barcelona en L'Hospitalet. Pero no Festival Internacional de Pallassos de Barcelona en Cornellà. A nadie se le ha pasado por la cabeza cambiar la denominación de origen de la Fira a partir de la nueva ubicación. A nadie se le ha ocurrido que el festival de payasos, como tantos otros, adquiriría aún más relieve si adoptara el nombre de Barcelona en vez de eliminarlo por contaminante.

El problema no es de la capital ni de su Ayuntamiento sino de un temor tan antiguo como estúpido: ser absorbidos, como si Barcelona fuera un monstruo peligroso dispuesto a devorar a los municipios vecinos sin dejar rastro. Como consecuencia de un tal prejuicio metropolitano, Barcelona es la primera marca de Catalunya en todas partes (Barcelona World valía para Tarragona) menos en su entorno inmediato. En Terrassa, se procura que el Museu de la Ciència y la Tècnica de Catalunya -nombre oficial- se llame popularmente Museu de la Ciència de Terrassa. Como el jazz, que no irradia lo suficiente.

Ya es hora de conferir competencias y presupuesto al Área Metropolitana. Así, iniciativas como la de la danza en seis municipios -solo seis de 22- dejaría de ser una excepción para convertirse en habitual. Nadie perdería nada.

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