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Al contrataque

Un retrato de Puigdemont tras de la valla de la prisión de Neumünster, ayer.

AFP / AXEL HEIMKEN

Semana Santa surrealista

Antonio Franco

La Semana Santa no ha reblandecido el corazón quizá sagrado de Pablo Llarena y la Pasión de Carles Puigdemont y sus colaboradores ha seguido su camino hacia el calvario

"Perdona a tu pueblo, Señor... No estés eternamente enojado..." Pero aunque se cantase eso la Semana Santa no ha reblandecido en absoluto el corazón quizá sagrado de Pablo Llarena y la Pasión de Carles Puigdemont y sus colaboradores ha seguido su camino hacia el calvario. El juez no debe pertenecer a la cofradía leonesa del Cristo del Perdón. Más bien está en línea con el pelotón de los legionarios que procesionaron –no confundir esta palabra con 'procesaron'-- en Málaga. El vía crucis de los conductores retenidos por las manifestaciones en carreteras y autopistas tampoco parece haber conseguido el milagro de distender las cosas, al igual que aquellos actos de fe nocturnos de presuntos pacifistas que acabaron con una cincuentena de contenedores quemados o las posteriores cargas de los muy pacificadores agentes antidisturbios. Está siendo más semana que santa.

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En su camino hacia el Gólgota, Puigdemont tropezó y cayó por primera vez a la altura de Alemania, un país que, por cierto, aprecia más la cerveza que el vino de misa. Los cuerpos españoles de la sacrosanta seguridad se sacaron allí la espina que les coronaba desde la burla que sufrieron en el viaje internacional de las urnas del 1-O. De este modo añadieron al largo relato del 'procés' otro misterio (de dolor para unos, de gozo para otros): el del seguimiento del coche a través de la señal de un teléfono o de un dispositivo 'tipo James Bond' adosado a la carrocería. Luego, mientras la justicia española investigaba si alguno de los mossos que acompañaban a Puigdemont merece llamarse Judas, en el Parlament se evocaban las lanzadas judiciales asestadas contra las tres cruces de no investidos que ya coronan el horizonte catalán. 

Más paralelismos

Nuestra Semana Santa ha tenido estos y otros trazos surrealistas. Si quieren pueden entretenerse buscando más paralelismos entre detalles de nuestra triste realidad y lo que explican las llamadas sagradas escrituras, que los hay. O hacer comparaciones entre la antigua quietud impuesta que tenían estos días –recuerdo que en mi infancia el Viernes Santo hasta se restringía el tráfico-- y el frenético encadenamiento de acontecimientos que se han producido en esta versión de 2018 para los que no son devotos de la nieve o las playas. 

En Catalunya mucha gente encuentra surrealista la Semana Santa andaluza, en la que una mayoría de millares y millares de descreídos prácticamente ateos pasaban y pasan estos días santiguándose y echándole besos y coplas amables a las vírgenes que pasean por las calles. Llama nuestra atención que alardeen tanto delante de los turistas paganos --paganos en los dos sentidos de la palabra-- de una fe que es tan temporal como los empleos que crea el PP. Pero esta vez la variante catalana de la semana ha sido tan llamativa como aquella.