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ANÁLISIS

Gobierno de salvación regional

Javier Aroca

Catalunya está hoy más cerca de perder la autonomía que de ganar la independencia. Y no solo por el 155 sino por la irrefrenable violencia recentralizadora del españolismo

Se me ha pedido una reflexión desde España sobre los últimos acontecimientos en torno a Puigdemont, en torno a la democracia, diría. No la  tengo, no soy catalán , ni español, ni  incluso andaluz, para estas cosas. Soy demócrata, para esto no tengo territorio ni patria. No me voy a dejar arrastrar por los extremos de nadie, arraigados en tabernas, también en  instituciones, hasta en la judicatura. No creo en los  polos, ni en esa virtud del punto medio, muy sobrevalorada.

El titulo puede ofender los sentimientos nacionalistas, no lo pretendo, los entiendo y  comparto en lo que me  toca. La detención de Puigdemont  añade complicaciones sin despejar al ya grave conflicto político . Para un observador no territorial, el Estado, desde una visión satelital, es como un magma deforme, una bulla indiferenciada. Caótico, a veces, no se distinguen sus poderes, sobre todo, el judicial del ejecutivo, por incomparecencia. No hay gobierno, ni política. Me recuerda    al camarote de los hermanos Marx. Imposible de distinguir, salvo al inefable Groucho.

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Puigdemont ha sido detenido en Alemania, y ¿qué? No arregla el conflicto. Pura entropía. Pasto para torcidas  y barras bravas, pero poco más. La justicia alemana dirá una cosa u otra, mientras Suiza, fuera del espacio judicial europeo, pero dentro de Schengen, aclarará si extradita  a Gabriel y a Rovira, bueno, por los mismos motivos. El Estado español está aturrullado. Desde mi visión cenital se observa la descomposición y el peligro de tener que pelear, no por los derechos, sino por el derecho a tener derechos. 

Recuerdo un artículo publicado por  Gil Calvo en El País, allá por 1999. Que me perdone la digresión; se titulaba el Estado defectivo. A medio camino o cerca, esto es mío, del Estado fallido. Hay una cierta perplejidad en Europa. En España no hay política, hay jueces, algunos de los cuales parecen estar  supeditando el Estado de derecho a la razón de Estado. 

Sumiso a Berlín

Hubo un tiempo en el que en los programas de variedades, la discusión se saldaba con un sonoro: «Denunciado». Los jueces españoles acabaron hasta la coronilla de la judicialización del folleteo y el chisme. Ahora, Europa mira con escepticismo y mucha hartura cómo en España no hay gobierno ni política. Tanto el ejecutivo, el gobierno, como el poder judicial, vía órdenes de de detención, o extradición, piden a los fiscales, jueces o gobiernos europeos que suplan su incapacidad política y judicial Un desastre, apuntes de estado defectivo, insisto. Sin una crisis mediante y un gobierno, el de Rajoy, sumiso , con una pulsión obediente al diktat de Berlín, quizá hoy no  habría  misericordia.

Pedía  disculpas por si algún soberanista  se ofendía. No suelo coincidir  con Felipe González , pero reconozco su lucidez en dos de sus últimas declaraciones públicas. Las decisiones de prisión  de  Llarena  no son buenas , esperaba que no se produjeran, y otra: Catalunya está hoy más cerca de perder la autonomía  que de ganar la independencia. Y no solo por el 155 sino por la irrefrenable violencia recentralizadora del españolismo, antes latente. De ahí que me haya atrevido con lo de «salvación regional». Luego, con mayoría social, como diría Tardá, y por sus vías, lo que el pueblo decida.
 

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