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Dos miradas

A veces, lo más complejo se resuelve del modo más sencillo. Hasta que los hombres no hereden el gesto del cuidado propio de la maternidad no se conseguirá la plena igualdad

Lluïsa Vidal fue una gran pintora modernista. Sus obras fueron reconocidas por la crítica y solicitadas por la burguesía del momento, pero su paso por la historia del arte fue de puntillas. Apenas quedó rastro. El peso de ser mujer fue determinante. Tras su muerte temprana, sus obras fueron vendidas con la firma falsificada de los pintores más cotizados del momento. Por supuesto, hombres. Uno de sus cuadros más bellos es 'Maternidad', 1897. Es una escena cotidiana. Una madre acuna a su bebé en una estancia alejada del foco. En primer plano, una niña mece su muñeca. Madre e hija comparten los mismos gestos, la misma ternura.

La maternidad es uno de los temas que más debate está suscitando en la actualidad. En ella confluyen todos los conflictos de los estereotipos de género. Por un lado, el deseo de vivirla de las mujeres y, por otro, la consciencia de todas las cargas que supone. Incluido, por supuesto, el freno para la carrera laboral. La imagen de ese cuadro es entrañable porque las mujeres nos reconocemos y los hombres lo reviven conectándose con su infancia o con las mujeres que aman. Es una vivencia-recuerdo no universal. No la experimentan igual hombres y mujeres. Y no tendría por qué ser así. De hecho, no debería ser así. ¿Acaso los hombres no acunan a sus hijos? A veces, lo más complejo se resuelve del modo más sencillo. Hasta que los hombres no hereden el gesto del cuidado no se conseguirá la plena igualdad.

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