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Hay que asumir que, por ahora, esto no va de independencia, sino de resistencia democrática y acumulación de fuerzas contra el recorte de las libertades

Hay dos fechas que marcarán la política catalana de los próximos años: el referéndum del 1-O y la declaración de independencia del 27-O. A menudo las analizamos conjuntamente, como si la segunda fuera la consecuencia inevitable de la primera. Pero en realidad significan cosas muy diferentes.

El 1 de octubre, con sus defectos y contradicciones, simboliza la capacidad del independentismo de ir más allá de su perímetro. Durante el 1-O, 'indepes' y no 'indepes' confluyeron en una lucha por los derechos y las libertades civiles. En la defensa de los colegios electorales coincidieron personas partidarias y contrarias a la independencia. Ciertamente, el 1-O tensó la sociedad catalana. Pero en el fondo de la propuesta había una raíz democrática: el derecho a decidir el futuro de forma compartida. El 1-O no iba de bloques.

El 27-O, en cambio, representa la incapacidad de los liderazgos del independentismo para entender la idiosincrasia de la movilización en defensa del 1-O. Tras el referéndum, sobró partidismo y faltó análisis realista: un 40% de participación no era suficiente para impulsar de forma democrática una declaración de independencia unilateral. Las consecuencias de este error de cálculo las estamos sufriendo ahora: represión, encarcelamientos, refugiados políticos... La actitud autoritaria o directamente vengativa del Estado es la causa profunda de esta situación. Pero el independentismo no hizo una ponderación realista de sus posibilidades. Un error que hay que tener presente para no repetirlo.

El 27-O restringió el perímetro que el 1 de octubre había empezado a dibujar: el frente democrático de 'indepes' y no 'indepes' contra la regresión de derechos y libertades. En cambio, contribuyó a consolidar la política de bloques. Incidir en la dinámica de los bloques se ha revelado como una nefasta estrategia para el soberanismo, que ha visto cómo sus resultados se han estancado y cómo Ciudadanos se ha convertido en el primer partido del país.

"Hacer república"

Sin embargo, en vez de poner en valor el espíritu del 1 de octubre, hay quien insiste en reivindicar el 27-O. Hay quien habla de "hacer república" invistiendo a Carles Puigdemont a distancia (¿desde cuándo investir a un presidente autonómico implica "hacer república"?). En cambio, los que hacen un ejercicio más realista y priorizan formar gobierno son acusados de "autonomistas" por los 'indepes' más puros... Pero todos los partidos se presentaron a las elecciones asumiendo el marco autonómico. De nuevo partidismo y cortoplacismo.

Hay que asumir que, por ahora, esto no va de independencia. Va de resistencia democrática. Va de acumular fuerzas contra el recorte de las libertades. Y eso no pasa por nuevas jugadas maestras ni por más "astucia". Pasa por volver al espíritu del 1 de octubre. Es en este espacio donde se podrá empezar a definir una alternativa en clave de resolución democrática. En esta dirección, el presidente del Parlament, Roger Torrent, ha propuesto un frente contra la represión. Los 'comuns' se han sentido interpelados. También el PSC hace gestos de distensión. El independentismo inteligente sabe que es la hora de romper los bloques.

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