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MIRADOR

Siempre me ha parecido que el Macba tenía aspecto de fortaleza asediada. Dentro del edificio, arte contemporáneo. Fuera, agresivos skaters que disfrutan haciendo ruido con sus tablas y pasando a escasos centímetros de las ancianitas o de las mamás que empujan el carrito de su bebé (o de cualquiera que tenga la desgracia de atravesar la explanada a cualquier hora del día). Dos mundos que no se comunican: el de los aficionados al arte contemporáneo y el de los devotos del monopatín. Un optimista diría que ahí se atisba una posibilidad de diálogo entre la cultura tradicional y la cultura de la calle, pero yo no veo ese diálogo por ninguna parte. En una novela del difunto J. G. Ballard, algún día los patinadores tomarían por asalto el museo -¡tiene unas rampas estupendas!-, lo convertirían en una casa okupada y se calentarían con hogueras a las que arrojarían los fondos de la institución mientras escuchan las obras completas de Valtònyc

En una novela de J. G. Ballard, algún día los patinadores tomarían por asalto el Macba, lo convertirían en una casa okupada y se calentaría con hogueras

Antes de morirme, me gustaría ver a un skater entrando en el Macba. Y puede que lo consiga gracias a Uniqlo, la tienda japonesa de ropa que va a financiar al museo para que deje entrar gratis a todo el mundo los sábados por la tarde. Todo un detalle que alguna empresa nacional podría haber tenido antes: no supone una gran inversión y quedas como un señor, aunque el arte contemporáneo te importe tanto como a los del monopatín. Lástima que la noticia de la munificencia de Uniqlo haya coincidido con ciertos problemillas de tono sexual del arquitecto que lo diseño, Richard Meier, a quien le ha tocado la hora del MeToo y se ha tomado seis meses de vacaciones, como nos contaba hace unos días mi amigo Juli Capella, para ver si se disipan las acusaciones de varias ex empleadas de su firma que lo definen como un sobón y un guarro en la mejor tradición Weinstein. Además de los patinadores, el pobre Ferran Barenblit puede temer ahora el ataque de feministas radicales que le ensucien las blancas paredes de la mansión con consignas contra la falocracia. Por no hablar de la posibilidad de que a nuestra alcaldesa se le ocurra la brillante idea de demoler el museo porque Barcelona no soporta el machismo y prefiere un solar vacío en el que los Comediants puedan dedicarse a sus pasacalles y los niños se sienten en corro a troncharse con Tortell Poltrona, que con lo de la estatua del negrero se quedó corta.

Temas: Macba

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