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ANÁLISIS

Piqué, fútbol sin patria

Jordi Puntí

El jugador del Barça reflexiona sobre su origen catalán, al tiempo que admite que ganar el Mundial con España en el 2010 fue su "mejor momento"

Esta semana Gerard Piqué ha publicado un artículo con mucha miga en The Players Tribune, la revista digital que quiere dar voz a los propios deportistas. El texto --que se puede leer en catalán, castellano e inglés-- es un buen reflejo en palabras de su carácter y actitud únicos, tanto dentro como fuera del campo: esa proximidad de alguien que sabe relativizar el futbol con dosis de humor, a veces al límite del buen gusto, pero que también demuestra personalidad y liderazgo dentro del campo.

 Escrito en un tono cercano, Piqué repasa anécdotas sabrosas de su carrera –empezando por su paso por el Manchester United a los 17 años–, habla de sus compañeros y deja algunas perlas. Por ejemplo: "el mejor momento de mi vida fue ganar el Mundial con España", una frase destinada a acallar las voces de los que le silban y critican cuando juega con España, y que busca su equilibrio político en la siguiente frase: "Ser catalán corre por mis venas. Es mi gente, mi patrimonio y mi tierra".

"Desde que era pequeño y vi a Luis Enrique sangrando sobre su camiseta en el Mundial-94, mi sueño era jugar en la selección", dice el azulgrana

En otro momento, Piqué confiesa: “Desde que era pequeño y vi a Luis Enrique sangrando sobre su camiseta en el Mundial-94, mi sueño era jugar en la Selección”. Como momento epifánico me parece un poco gore, aunque admito que esa jugada --cuando el italiano Tasotti le rompió la nariz de un codazo a Luis Enrique-- también tiene un rinconcito en mis recuerdos futbolísticos.

En esa época el asturiano jugaba en el Real Madrid y debo admitir que a mí ese codazo no me dolió casi nada, menos que unas cosquillas, pero años más tarde Luis Enrique fichó con el Barça y de repente a muchos culés nos llegó ese dolor retroactivo.

Pese a las palabras de Piqué, o precisamente tomándolas como ejemplo, ya sabemos que el futbol es un territorio frívolo, el lugar de la pasión impura, y en el juego de las identificaciones todo es posible. Creo que hablo por muchos aficionados barcelonistas –sobre todo en Cataluña– si digo que la selección española raramente nos provoca entusiasmo.

Con la excepción quizás del Mundial del 2010 en Sudáfrica, que llegó en un momento en que el llamado tiqui-taca de la Roja era una especie de continuidad (o imitación) del estilo del Barça, mis predilecciones siempre se han dirigido hacia territorios en los que la identificación fuese futbolística, y no patriótica. Johan Cruyff nos arrastró durante años al culto de la naranja mecánica, por ejemplo.

Mis predilecciones siempre se han dirigido hacia territorios en los que la identificación fue futbolística y no patriótica

A la vista de la grave situación de esos días, con el juez Pablo Llarena encarcelando a los políticos catalanes elegidos democráticamente, acusándolos de una rebelión violenta que no vio nadie, y además castigándolos con una cárcel preventiva que huele a humillación imperial, no creo que la selección española consiga muchos adeptos por aquí. La verdad, no me imagino a los aficionados catalanes entonando ese "¡a por ellos!" ya tristemente famoso.

Más bien parece que la candidata a ganar el Mundial de Rusia, para los que vemos el futbol en clave blaugrana --la mía, como mínimo--, será la selección de Argentina, pues tal como dijo el seleccionador Sampaoli: "El futbol le debe un Mundial a Messi". Y tan pancho y tan convencido, oigan.

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