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De vuelta al pasado literario

Pasión victoriana

Olga Merino

La época de vértigo que vivimos se espeja en el desconcierto de los cambios drásticos experimentados en el siglo XIX

Ya no era una adolescente pero sí lo bastante joven todavía como para que el libro me atravesara el pecho obligándome a seguir leyendo hasta las tantas con el deslumbramiento de una polilla nocturna. Me refiero a 'Jane Eyre', de Charlotte Brontë, hermana de las también escritoras Anne y Emily. La leí en Londres, en un cuarto realquilado en lo alto de una casa eduardiana tan próxima al estadio del Arsenal que, cuando había partido, los gritos de la hinchada se escuchaban como el fragor de una tormenta de truenos. Mi habitación, con un lavamanos y una ventana de guillotina que daba a un jardín abandonado, me parecía entonces el paraíso aunque hiciera un frío pelón en cuanto el casero apagaba la caldera. Los peldaños de madera crujían a cada paso con un quejido gótico. 

¿A qué se debe el 'revival'? Todo vuelve, es cierto; el eterno movimiento pendular.

Embozada bajo el edredón hasta el puente de la nariz, fue allí donde devoré las páginas de aquella montaña rusa emocional a la luz escasa de una bombilla y con el alma en vilo por si a la loca de la novela se le ocurría descender la escalera de caracol con el candelabro en la mano e incendiar la casa entera con la fauna de su inquilinato dentro. El miedo atávico al fuego y la locura. Bertha Mason se llamaba la esposa encerrada en el ático de la mansión de Thornfield, una loca que no estaba tan desquiciada: había perdido la razón con la ayuda del señor Rochester, aunque eso lo comprendí más tarde, en 'Ancho mar de los sargazos', la maravillosa precuela escrita por Jean Rhys.

"Byronismo demoníaco"

Es entre la adolescencia y la primera juventud cuando uno se forja los hábitos de lectura, que en mi caso fueron bastante victorianos. Ya venía de los páramos de Yorkshire, de la pasión sobrenatural de 'Cumbres borrascosas', la única novela de Emily Brontë, "árida y nudosa como la raíz del brezo" a decir de su hermana Charlotte. ¿Con cuál de los dos novelones quedarse? Imposible decidir, aunque siempre fui más del "byronismo demoníaco" de Heathcliff —el amor que devora la vida misma— que de la frialdad sádica del señor Rochester.

Antes o después, se fueron solapando también los cuentos de fantasmas, 'Sherlock Holmes', los crímenes de Whitechapel, los espiritistas, los fumaderos de opio, los ladrones de cadáveres, Jekyll & Hyde y la niebla londinense, que era en la época un asunto más de polución que del Támesis. 

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Fueron años de gestación de una enfermiza pasión victoriana de la que no pienso curarme y que vuelve a estar en boga de la mano de películas, series de televisión, fenómenos como el 'steampunk' y reediciones librescas. Las editoriales Siruela Impedimenta, por ejemplo, han publicado recientemente dos estupendas antologías, 'Detectives victorianas' y 'Damas oscuras'. Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes.

Aporafobia

¿A qué se debe el 'revival'? Todo vuelve, es cierto; el eterno movimiento pendular. Pero parece, además, que esta época desorientada tiene bastantes concomitancias con los cambios drásticos y explosivos del siglo XIX, con el vértigo que implicaban la revolución industrial y un proceso de urbanización sin precedentes hasta entonces. También, en lo que se refiere a los avances científicos y tecnológicos, asistimos a los experimentos genéticos, al desguace de los medios de comunicación o a la fuga de datos desde la viña sin vallar que es Facebook con la misma perplejidad que nuestros antepasados debieron de vivir la invención del fonógrafo: ¡podían escuchar la voz de los muertos grabada en cilindros de cera!

Regresan también el 'laissez–faire', el darwinismo social y el eco de las teorías de Herbert Spencer según las cuales solo merecen sobrevivir los más aptos, los más capaces de pelear y batirse el cobre. Creíamos que permanecía sepultada, a siete metros bajo tierra, la hiriente mentira de que la pobreza es una falla moral, una consecuencia de la gandulería, cuando resucita con más fuerza que nunca a través en un neologismo: aporafobia. Por no hablar de las jornadas maratonianas, de las condiciones salariales, de la alienación, del abismo infranqueable entre clases sociales. Y de los viejos, que sobran.

Vuelta a las calles

Aun así, la época victoriana, el periodo que abarca más o menos desde 1820 hasta el advenimiento de la primera guerra mundial, está cargado de falsos clichés que nos hemos encargado de alimentar los herederos de aquellos señores con chistera. ¿Por qué? Porque nos conviene. Porque el siglo XIX es el espejo contra el que nos hemos definido como sociedad.  Contra el imaginario de 'Oliver Twist' o 'Tiempos difíciles', dos de las grandes novelas de Dickens.

Y, sin embargo, la Inglaterra victoriana estableció la jornada de ocho horas, la frontera precisa entre el tajo y el tiempo de ocio; reguló el trabajo de los niños en minas y fábricas textiles; y la mujer obtuvo el derecho a la propiedad privada y al voto (en España hubo que esperar hasta 1931). Habrá que pisar las calles nuevamente. Como entonces.              

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