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El papel de la monarquía en el desafío catalán

Felipe VI, Colau y el 'procés'

Joaquim Coll

Hemos asistido a un intento de golpe civil, posmoderno, que quiso utilizar la fuerza del conflicto social en la calle para llevar la situación al límite

                                              

En octubre pasado, la tensión secesionista arrastró a España a su mayor crisis institucional en democracia, solo comparable con el golpe de Estado de 1981. En aquel momento, con su discurso televisivo, Juan Carlos I culminó los méritos que había acumulado durante la Transición, lo que llevó a la izquierda a hacerse juancarlista sin renunciar a seguir sintiéndose republicana. Sin embargo, los errores personales del rey en los últimos años, junto al deterioro de la situación socioeconómica general y los escándalos de corrupción, situó a la institución monárquica en una peligrosa pendiente que, finalmente, se salvó con su abdicación y el ascenso de Felipe VI. A partir del 2014, la Corona optó por reforzar la imagen de austeridad, acentuar las distancias con la infanta Cristina, salpicada por el 'caso Nóos', y mantener una actitud de extrema prudencia ante dos fenómenos desestabilizadores: la emergencia de una nueva izquierda antisistema y el desarrollo del desafío secesionista catalán.

Tras la sucesivas convocatorias electorales, Podemos y sus confluencias ni 'asaltaron los cielos' ni lograron el 'sorpasso' al PSOE. En cambio, la crisis en Catalunya siguió agrandándose hasta llegar a la fase insurreccional con el referéndum del 1-O y la amenaza de declarar la independencia. Es entonces cuando Felipe VI, la noche del 3 de octubre, en medio de la semana más decisiva del 'procés', apareció con un discurso tan trascendental como el de su padre en el que señaló con dureza la deslealtad de las autoridades de la Generalitat e instó a todos los poderes del Estado a defender la Constitución. Ese mensaje llenó un vacío tanto dentro como fuera de España ante la cadena de errores del Gobierno Rajoy, los partidos principales y las instituciones del Estado. La política española fue incapaz de diseñar una estrategia reconocible ante una sucesión de acontecimientos previsibles.

El mensaje más importante

El discurso de Felipe VI dejó claro su compromiso con la democracia, la unidad y la permanencia de España, al tiempo que recordó que todas las ideas pueden defenderse dentro del respeto a la ley y reiteró su deseo de concordia y entendimiento entre los españoles. Probablemente será señalado como el mensaje más importante de su reinado, valorado como valiente por los constitucionalistas, pero muy criticado tanto por los independentistas como por la izquierda podemita. La agria censura de los primeros, como al día siguiente hizo Carles Puigdemont, era insalvable porque el discurso del jefe del Estado sirvió para descartar cualquier escenario negociador al margen del orden constitucional. Sorprende, sin embargo, que sea Ada Colau quien haya recogido la bandera más crítica con Felipe VI y siga insistiendo en sus reproches transcurridos casi seis meses, como hizo hace poco en ocasión del Mobile.

La alcaldesa creyó entonces -y sigue considerando hoy- que el Rey se posicionó políticamente, que su papel era haber arbitrado en busca de una solución y que le faltó empatía con 'la otra parte'. Esta es una percepción que bastante gente puede tener en Catalunya, incluso sin ser independentista. Pero es un planteamiento erróneo sobre las atribuciones que tiene el jefe del Estado, que "arbitra y moderada el funcionamiento regular de las instituciones" (art. 56), pero que de ninguna manera puede intervenir en conflictos de naturaleza política ni menos aún mediar entre "quienes cumplen la ley y quienes no lo hacen", como el propio Felipe VI le precisó a Colau tras la cena de gala en la inauguración del Mobile. De lo contrario, de haber interferido de alguna forma, el Rey hubiera 'borboneado', concepto despectivo para caracterizar aquello que sí hizo su bisabuelo Alfonso XIII de forma catastrófica.

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El error insistente de Colau es pensar que había dos partes igualmente legitimadas y que el Rey debía atender a ambas. En absoluto. De la misma manera que su padre no negoció políticamente nada con los militares rebeldes en 1981, Felipe VI no podía ignorar la naturaleza también golpista de lo sucedido en el Parlament el 6 y 8 de septiembre.

En Catalunya hemos asistido a un intento de golpe civil, posmoderno, que quiso utilizar la fuerza del conflicto social en la calle para llevar la situación al límite. Todas las informaciones que van apareciendo sobre los hechos que investiga la justicia avalan esta tesis. Por eso el mensaje del Rey fue impecable. Diferente es que hubiera debido -por razones de empatía y reconocimiento- utilizar el catalán en una parte de su discurso, cuando se dirigió particularmente a los catalanes, tal como hace con normalidad cuando está en Catalunya. Nada más.

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