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LA CLAVE

Turull, camino del atril desde su escaño.

A la tercera va la perdida

Enric Hernàndez

La investidura fallida de Turull ha sido otro autogol del independentismo, que no hizo lo que prometió y prometió lo que no podía hacer

El tono lúgubre del discurso de investidura de Jordi Turull en el Parlament evocó este jueves la atmósfera funeraria del 27 de octubre, cuando el independentismo proclamó la República con el semblante demudado y la mirada húmeda. No lo tenía fácil el 'exconseller', pues le tocaba postular un programa de gobierno muerto antes de nacer por arte y gracia de la CUP, y a pocas horas de plantarse ante el juez que lo encarceló en noviembre y podría volver a hacerlo de nuevo este viernes. Su precipitada candidatura, hija de la estéril dinámica de la astucia que ya condujo al 155, estaba llamada a engrosar el martirologio soberanista, pero el veto anticapitalista la redujo a caricatura. El independentismo no se desprende de su inclinación a marcarse goles en propia meta.

Nos preguntábamos recientemente si la mayoría independentista que consignaron las urnas existe en verdad en la Cámara catalana. Ya tenemos respuesta. Hay, en efecto, 68 escaños ocupados (y dos vacíos) partidarios de la secesión, pero no unidad de criterio acerca de cómo y cuándo conquistarla. La hoja de ruta de Junts per Catalunya sigue abonada al legitimismo de Carles Puigdemont, más cercano a la retórica insurrecional de la CUP y la ANC que al posibilismo de PDECat, ERC y Òmnium. Si el voto popular del 21-D ancló el apoyo al secesionismo en el 47%, sus divergencias evidencian que carece de fuerza parlamentaria para impulsar su proyecto.

La élite independentista ha logrado irritar o decepcionar por igual a la mayoría de los catalanes: a los afines, por no hacer lo que prometieron; y a los detractores, por prometer lo que no podían hacer. Es la incapacidad de reconocerlo, y de manifestar propósito de enmienda, lo que aplaza la redención de JxCat y Esquerra, atenazadas por una impostura desvelada y por una realidad judicial que, con singular encarnizamiento, actúa sin miramientos para arrancarles una capitulación en toda regla. 

ESTRATEGIA SUICIDA

Tras la espantada de Puigdemont y la comprensible renuncia de Jordi Sànchez, con Turull a la tercera ha ido la perdida. Sabía JxCat que la CUP no estaba por bendecir al antiguo valedor de Oriol Pujol, pero arrastró a ERC y al presidente del Parlament, Roger Torrent, a una estrategia suicida: aprovechar la citación judicial del candidato para persuadir a los antisistema, vendiéndoles que no cabía mayor desobediencia que investir 'president' a quien el juez Pablo Llarena, teóricamente, estaría dispuesto a encarcelar. La treta no funcionó, entre otras razones porque no está escrito que el magistrado devuelva a prisión a los 'exconsellers' a los que excarceló bajo fianza. Y porque la CUP no estaba dispuesta a avalar ni al candidato posconvergente ni su programa autonomista.

La buena noticia es que el autogol soberanista disipa el limbo en que se hallaba la legislatura, activando la cuenta atrás para la repetición de las elecciones autonómicas. Al independentismo ya solo le queda un mes para formar Govern... o para marear la perdiz antes de volver a las urnas. 

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