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Crisis en el Mediterráneo

Libia, un estado fallido

Albert Garrido

Desde el final de la guerra que acabó con el régimen de Gadafi, el país lo es todo menos una entidad política fiable

Si está satisfecho Matteo Salvini, líder de la ultraderecha italiana, es que es un completo disparate la retención en un puerto siciliano del barco de Proactiva Open Arms, una oenegé cuya misión principal es evitar que el Mediterráneo rebose de cadáveres de los muchos ahogados –imposible saber cuántos– en su propósito de desembarcar en Europa. Lo confirma la manía persecutoria del fiscal de Catania, empeñado en dar con una trama de intereses entre las mafias que trafican con seres humanos y diferentes oenegés, y lo ratifica definitivamente la absurda invocación de Libia hecha por las autoridades italianas que apresaron el barco, como si Libia hubiese dejado de ser un estado fallido, una sombra de estado, un nombre en un mapa sin mayores capacidades de control y regulación de los flujos migratorios.

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Frente a la hipótesis sin base de que los guardacostas libios cumplen algún tipo de función sanadora entre África y Europa, se alza la evidencia de que carecen de la autoridad derivada de un Estado convencional, con instituciones sólidas y objetivos definidos. Desde el final de la guerra que acabó con el régimen de Muamar Gadafi, Libia lo es todo menos una entidad política fiable: un mínimo de dos regímenes enfrentados rivalizan con fortuna cambiante por el control del Estado y de los recursos petrolíferos, y aunque una de las partes disfruta del reconocimiento internacional –la de los guardacostas–, su comportamiento es tan imprevisible y volátil como el de la parte que no lo tiene.

El caso recuerda ostentosamente al de Somalia cuando los episodios de piratería frente a su costa: los estados europeos desarrollaron la ficción de que disponían de un acuerdo o compromiso con el Gobierno instalado el Mogadiscio, en realidad un andamiaje de una debilidad clamorosa, sin instrumentos con los que atajar las acometidas de los piratas. Remitirse a la autoridad de un estado que no existe o que es meramente nominal es una herramienta encubridora de otros propósitos, ninguno de ellos defendible en público.   

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