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El patrimonio cultural de Barcelona

El mundo perdido de la Ciutadella

Jordi Serrallonga

La imponente figura del mamut del recinto barcelonés nos traslada al 'parque jurásico de nunca jamás'

Desde que tengo uso de razón, el Parc de la Ciutadella -en el corazón de Barcelona- ha sido escenario de fantásticos sueños y aventuras. El Castell dels Tres Dragons, con su viejo torreón coronado por una modernista veleta, fue mi hogar y escuela en ese universo ficticio. El esqueleto de la ballena y las vitrinas repletas de especímenes zoológicos me tenían tan abducido como los fósiles y minerales expuestos en el vecino Museu Martorell (hoy en la sede del Museu de Ciències Naturals de Barcelona en el Fòrum). Y el Umbráculo, junto con el Invernadero y el Parque Zoológico, completaban una increíble inmersión en la Historia Natural. Y es que, en diferentes fases y momentos de la historia, la Ciutadella formó parte de una romántica idea nacida durante la segunda mitad del siglo XIX: erigir un gran parque científico de uso público. Algo que no deberíamos olvidar jamás si queremos defender nuestro patrimonio cultural (lo cual incluye a la ciencia).

Ahora bien, todavía no he hablado de la curiosa pieza que inspira este artículo; quizá la más reconocible para todos los niños y niñas que pasean por la Ciutadella. Cerca de la cascada, impertérrito, desafiando el paso del tiempo, nos saluda la escultura de un gigantesco mamut ('Mammuthus primigenius'). Las improvisadas colas de visitantes que compiten para hacerse una foto colgados de su trompa -las restauraciones son el reflejo- se han convertido en un sello del parque; pero, ¿qué hace ahí ese coloso aislado? Una simple reja separa el Zoo del mamut, y es muy posible que esto ayudase a difundir la leyenda urbana de que el monumento zoomorfo era el recuerdo póstumo a uno de los primeros elefantes que llegaron a la ciudad. Concretamente, 'l'Avi'. O la posterior 'Júlia'.

Otros tiempos

Sugerente leyenda, aunque no responde a nuestra pregunta. Y es que los mamuts, a pesar de su semejanza con el elefante actual, en realidad son primos fósiles -es decir, extintos- de dicho proboscídeo; vivieron en otros tiempos. Precisamente, fueron otras épocas de la historia de la vida lo que se quiso plasmar en los jardines de la Ciutadella.

Sir Arthur Conan Doyle, padre literario de Sherlock Holmes, es el creador de otro gran personaje: el profesor Challenger. Un excéntrico zoólogo que protagoniza la novela de aventuras 'El mundo perdido'. En ella, una expedición científica topa con tierras todavía pobladas por dinosaurios y enormes mamíferos de la prehistoria (sin olvidar a unos pequeños homínidos de aspecto medio humano medio simiesco: el 'eslabón perdido').

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Arthur Conan Doyle no era arqueólogo ni paleontólogo pero supo adivinar que, más allá de los huesos fósiles hallados en la excavación, o los almacenados en las colecciones de un museo, el sueño imposible de todo detective del pasado es el encuentro, cara a cara, con uno de sus sujetos de estudio. Recurso del que también se valió Michael Crichton, en el libro 'Parque Jurásico', cuando la doctora Sattler -paleobotánica- y el doctor Grant -experto en dinosaurios- casi se desmayan de emoción al observar los reptiles y plantas antediluvianos gestados por ingeniería genética. ¡Andar entre seres de antaño!

Naturalistas con entusiasmo

Pues bien, en el Parc de la Ciutadella, y con anterioridad a las ficciones de Doyle (1912) y Crichton (1990), el entusiasmo de un grupo de naturalistas auspiciados por la Junta Municipal de Ciencias Naturales del Ayuntamiento de Barcelona -Jaume Almera, Artur Bofill y Norbert Font i Sagué- hizo posible un ambicioso proyecto: crear una colección de reproducciones, a escala natural, de algunos de los grandes animales del pasado que vivieron en Catalunya. La idea se formalizó en 1906, y en 1907 se levantó nuestro emblemático mamut -obra del escultor Miquel Dalmau-, pero ¿y el resto de colosos? Jamás vieron la luz. Por motivos diversos, la iniciativa no tuvo continuidad. Una lástima, más si comprobamos que entre todos los tesoros del Museu Martorell se conservan las maquetas de los dinosaurios, mamíferos y un ave que tendrían que haber acompañado al lanudo paquidermo.

Destacan el Iguanodon, un diplodocus y un triceratops, así como el Glyptodon (el pariente gigante de los armadillos) y el Aepyornis (un ave de tres metros de altura). Todos ellos representantes de diferentes épocas de un mismo 'mundo perdido'. De haberse plasmado, hoy me gustaría pasear -como Challenger y Grant- entre dinosaurios jurásicos y grandes mamíferos del Cuaternario. Siempre nos quedará el mamut. Convivió con el Homo sapiens hasta su extinción, pero perdura entre nosotros gracias a la Ciutadella.

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