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EDITORIAL

El desafío del zar Putin

Es necesario que Europa reconstruya las relaciones con Moscú

Vladimir Putin se dispone a depositar su voto en las elecciones presidenciales rusas.

Vladimir Putin se dispone a depositar su voto en las elecciones presidenciales rusas. / YURI KADOBNOV POOL POOL (EFE)

El resultado era de sobras conocido antes del inicio de la jornada electoral. El uso apabullante de los medios de comunicación públicos (los privados sobreviven a base superar una carrera de obstáculos permanente); la persecución de cualquier disenso dejando a la oposición en una situación precaria y testimonial; el uso torticero de la anexión de Crimea, o la presión sobre los votantes ejercida por los jefes y jefecillos locales, son elementos que han dado la victoria a Vladimir Putin. Quien no quisiera darle el voto solo tenía dos alternativas, o la abstención o el voto a los partidos de la oposición, un voto perdido, sin la más mínima opción, que solo servía para que Putin pueda decir que en Rusia hay juego democrático.

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Después de 18 años en el Kremlin, era la primera vez que votaba una generación que no ha conocido otra cosa que Putin. Una generación carente de referencias que, a diferencia de las transiciones hacia la democracia, no ha depositado sus esperanzas en ningún cambio, sino en el mantenimiento de la actual situación. Y este es posiblemente el gran drama que se cernirá en el futuro sobre Rusia. Putin ha creado un sistema de poder altamente personalizado sobre el que ejerce un control absoluto. Para ello se ha rodeado de burócratas cuyo mérito principal es la adulación del líder. La duda es la de si este régimen, estancado, putrefacto y corrupto, sobrevivirá y si habrá una oposición capaz de enfrentarse al reto de construir sobre la ruina heredada. Cuando Putin acaba de ser reelegido puede parecer baladí hablar de su sucesión, pero este es precisamente el gran problema que plantea su nuevo mandato.

Guste o no guste Putin, Rusia es un país demasiado grande, demasiado potente, y con tanta historia como para que Occidente y muy en particular Europa se desentienda de él. Por ello se hace necesario reconstruir las relaciones, una tarea que requiere estrategias a largo plazo y en la que Angela Merkel es imprescindible, por ser quien tiene más y mejores elementos de análisis. Retirar diplomáticos rusos de Londres -como ha hecho Theresa May como represalia por el intento de asesinato con arma química en territorio británico de un doble agente- es una medida obligada, pero sin efectos. Lo que si dañaría sería la expulsión del Reino Unido, por ejemplo, de los oligarcas amigos de Putin acompañada de la congelación de sus bienes. Esta sería una línea roja europea que el ‘zar’ del Kremlin estaría obligado a tener en cuenta.