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Prisión permanente

Un centenar de personas gritan pidiendo justicia al paso del furgon policial en Almería, ayer.

RICARDO GARCÍA (EFE)

El océano del dolor

Olga Merino

¿Acaso la cadena perpetua, abolida en España en 1928, disuade de la comisión de delitos?

En mi familia también cayó como un hachazo un caso de desaparición y asesinato con ensañamiento cuyos detalles obviaré por escabrosos, porque todavía escuecen y por el profundo amor que profeso a mis primos. Aunque han pasado muchos años, el sufrimiento no prescribe; se lo relega al desván de la memoria porque, de otra forma, sería imposible reanudar la existencia. ¿El asesino? Se llamaba José Gilart, un expolicía nacional que había sido expulsado del cuerpo antes de cometer el doble crimen, un psicópata de la calaña de El Chicle o de la malvada innombrable que ha sido capaz de matar al pequeño Gabriel. Si me hubieran preguntado entonces, habría deseado lo peor para el asesino de mi tío, que sus huesos se hubiesen podrido en el talego. ¿También la muerte? Es posible. No sigo el camino de la santidad. Pero, por fortuna, ni yo ni los míos somos legisladores, ni la ley se cose a medida como un traje de paño inglés.

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Tal vez no debería estar escribiendo estas líneas. Jamás perdonaré la pesadilla que vivimos en las Navidades de 1993 y, sin embargo, quiero seguir creyendo en la superioridad ética del Estado de derecho sobre nuestro dolor particular. Castigo, sí; durísimo y hasta el último día. ¿Pero acaso la cadena perpetua, abolida en España en 1928, disuade de la comisión de delitos? Me temo que no. Estados Unidos, algunos de cuyos socios mantienen la pena de muerte, sigue presentando uno de los índices de criminalidad más altos del mundo. Cierro los ojos y entiendo que no puede legislarse en caliente. Tampoco ni repetirse el bochornoso espectáculo en el Congreso. No jueguen con las víctimas por arañarse votos entre ustedes. El océano del dolor está repleto de pecios llenos de peces que claman respeto.

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