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Carles Puigdemont reunido con los diputados de JxCat, en Bruselas.

JOHN THYS (AFP)

Peor que el engaño, la irresponsabilidad

Joaquim Coll

Resulta significativo que el líder radiofónico Jordi Basté, que durante mucho tiempo ejerció junto a Mònica Terribas o Toni Soler de guardián de las esencias del procés, ande ahora desolado y casi enfadado. Acaba de reconocer en antena que fue “un engaño global”, “una tomadura de pelo”, ya que los políticos soberanistas exageraron hasta la mentira las facilidades de alcanzar la secesión para tener ilusionada a su parroquia con promesas grandilocuentes, reiteración de simbolismos y días históricos. Sin embargo, sorprende que él como tantos otros no cuestione su papel en lo sucedido, porque durante años no hizo otra cosa que alimentar la trituradora del procés y su actitud periodística fue acrítica. Todavía recuerdo a Basté incapaz de preguntar a Carles Puigdemont, en una larga entrevista, sobre la contradicción que suponía añadir al cacareado “mandato democrático” derivado del 27S de 2015 un referéndum que no figuraba en el programa de JxSí y que desmentía el carácter plebiscitario de las elecciones. Que el 'expresident' no ofreciera ninguna explicación no importaba, lo esencial era que el procés siguiera vivo.  

Pero peor que el engaño fue la irresponsabilidad con la que jugaron los líderes independentistas, jaleados por lo que Joan Coscubiela denomina la “división mediática Ítaca”, tan complaciente con esa disonancia cognitiva entre realidad y ficción. Jamás sabremos lo cerca que estuvimos del desastre en octubre pasado, tras el 1-O y la 'vaga de país'. Si el Govern Puigdemont hubiera cumplido su promesa de declarar la República y materializarla, en coherencia con las leyes que había votado el Parlament, el conflicto violento hubiera sido inevitable. Sabemos que una parte de los Mossos colaboró activamente con el referéndum y que existía una unidad política. Si a ello añadimos la actitud de los bomberos, protección civil, parte de las policías locales, y el papel 'chavista' de los CDR, el panorama daba miedo. Si los líderes independentistas se hubieran tirado al monte, una parte de la sociedad catalana estaba dispuesta a seguirles en ese juego irresponsable.