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El futuro de la Unión Europea

En manos de Merkel y Macron

Andreu Claret

El debate europeo se centra entre los que quieren más Europa, para dar respuesta a los retos de la globalización, y los que quieren menos

Así están las cosas, en Europa, a los sesenta años de la constitución del proyecto político más exitoso del siglo XX. La Unión Europea está en manos de una cancillera que inicia con dificultades su cuarto mandato, y de un joven presidente francés de talante liberal al que solo apoyan la mitad de sus conciudadanos. Es el consabido eje franco-alemán, que sigue determinando el futuro de la UE. Basta con compararlo con el de los años noventa, que encabezaban Kohl y Mitterrand para comprender que está algo gripado. Y si recorremos el resto de la geografía política europea, observamos que corre el peligro de girar en el vacío, sin capacidad para transmitir energía a otros países de la UE. El Reino Unido se está yendo. España ya no está en manos de un socialista con mayoría absoluta sino de un Rajoy capitidisminuido, acosado por la corrupción y preocupado por el auge de un partido que se le ha subido a las barbas. En Italia, más de la mitad de la población ha dado su voto a tres partidos euroescépticos. ¿Qué queda pues de aquel momento fundacional donde democristianos y socialdemócratas comprometidos con el estado del bienestar constituían el 'mainstream' de la política europea? La derecha nacionalista y populista cuenta con más del 20% en Polonia, Dinamarca, Bélgica, Austria y Hungría. Un porcentaje que no siempre da para gobernar, pero sí para fastidiar.  En este contexto, ¿qué cabe esperar del debate abierto por Bruselas sobre el futuro de la UE?

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Es una lástima que el contexto regional sea tan adverso cuando Merkel y Macron parecen dispuestos a coger el timón y la Comisión ha planteado el debate en términos relevantes. Sobre la sustancia de lo que debe ser Europa, no solo sobre los procedimientos para gobernarla. También lo es que en Catalunya estemos en otra cosa, porqué lo que vaya a ser la UE determinará más nuestro futuro que los debates locales que tanto nos encandilan. En este capítulo, la comparación con los años noventa es deprimente: mientras Pujol consiguió que la política meridional de la UE pasara por Barcelona, ahora vivimos de la ilusión que la política catalana pase por Bruselas.

Más ambición política

El debate comenzó hace cosa de un año, con un ‘White Paper’ de la Comisión que abría en canal el futuro de la UE. ¿Que queremos -plantea el documento- ir tirando como hasta ahora o hacer más? ¿Reducir la UE a un mercado único o avanzar con más ambición política, aunque tengamos que dejar de lado quienes no quieren? Como era de esperar, el debate ha dibujado dos visiones: la de quienes quieren más Europa y la de quienes quieren menos. Con muchos matices, esta es la auténtica línea divisoria. El debate puede parecer abstracto pero no lo es. Más Europa quiere decir democratizar unas instituciones anquilosadas pero también progresar en la integración para dar respuesta a los retos de la globalización. Supone preservar los valores de la UE zarandeados por los miedos colectivos que sufren las sociedades europeas y que utilizan los extremistas y la derecha tradicional. España es un laboratorio donde se experimenta este retroceso, con el independentismo catalán como pretexto. Más Europa supone también desarrollar la dimensión social de la UE, con un horizonte plagado de desafíos debido al envejecimiento de la población y a la marginación laboral de los jóvenes. Quiere decir muchas más cosas, como poner en pie políticas comunes para la gestión de la inmigración, la seguridad y la defensa.

¿Existen los mimbres para hacer más Europa? La mayoría de los estados no están por la labor. Macron y Merkel han avanzado ideas, pero cada vez que se reúne el Consejo (los estados) las reformas se aplazan. Incluso aquellas que no suponen cambios sustanciales en las políticas sino cierta innovación en la manera de administrar y liderar la UE. Por ejemplo, que se fundan la figura del presidente del Consejo y el de la Comisión de tal modo que Europa tenga un líder capaz de hablar de tú a tú con Trump, Putin o Xi Jinping. El miedo se ha instalado en nuestras sociedades y muchos políticos viven de este miedo. De imponerse, impedirá hacer frente a los retos a los que se enfrenta Europa. En medio siglo, su PIB ha pasado del 40%  mundial al 20%. Y en un siglo, su población ha pasado del 25% al 6% de la del planeta. La Unión Europea sigue siendo el lugar del mundo donde se vive mejor y más libres, pero muchos jóvenes empiezan a pensar que vivirán peor que sus padres. Este es el auténtico desafío que Merkel y Macron, y quienes quieran seguirles, deben encarar para que se mantenga la adhesión al proyecto europeo. 

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