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ANÁLISIS

Gerard Piqué (derecha) felicita a André Gomes por un gol al Valencia.

AFP / LLUIS GENÉ

El cuento de hadas de André Gomes

Antonio Bigatà

Al portugués le ha tocado la lotería reconociendo que era un ser humano prisionero del miedo

¿No decíamos que el público siempre tiene razón? Y el público se pronunciaba sin ambigüedad: a través de siseos, silbidos y silencios sonoros decía por activa y por pasiva a los técnicos del Barça que se sacasen inmediatamente de encima a André Gómes, tal vez técnicamente tan bueno como decían pero excesivamente frío y poco práctico para el Barça. Pagar la entrada daba derecho a decir que el portugués no gustaba.

Por su forma de moverse por el campo sin matarse (¡qué distinto a Jordi Alba!), André daba a entender que a él en el Barça no le correspondía hacer de puto obrero trabajador al servicio de la gloria de los demás. Fuese o no fuese verdad esa era la impresión. Quizás por su precio de coste, se le intuían ínfulas de gran figura con derecho a correr al trote en momentos en los que tocaba morder, sufrir, sudar y sacrificarse. Y la grada creía y cree que para eso ya está Messi, que por sí solo llena el cupo de divos 007 con licencia para autodosificarse.

Ese susurro desaprobatorio

La gente sabía perfectamente que siseando él se ponía nervioso, y que poniéndole nervioso la grada chutaba contra su propia puerta. Pero cuando uno cae mal, cae mal. Temblar voluntariamente cada vez que Gómes cogía la pelota, darle un suave codazo al vecino de localidad mostrándole preocupación, mover la cabeza hacia un lado y el otro mientras se emitía el susurro desaprobatorio se había convertido en un morboso -y casi divertido- juego colectivo. Un juego similar, en definitiva, al que practican muchos españoles con Piqué, del que desearían que se metiese un gol en propia puerta jugando con la selección para poder acusarle de ello.

El público, se decía, siempre tiene razón, y después de tanto poner el dedo pulgar hacia abajo entre rugidos del coliseo esperaba que a final de temporada André Gómes se fuese al Espanyol o el Real Madrid para hundirlos. O al equipo al que vaya Mourinho cuando le echen por su fracaso tan bonito y tan tronchante de Manchester.

Pero Gomes de golpe ha protagonizado inesperadamente un verdadero cuento de hadas. En este mundo canalla en el que triunfan los fuertes, los mentirosos y los que saben disimular, él ha sido el patito feo que se ha convertido en adorable príncipe por el simple hecho de decir la verdad: que no es nada fuerte. Reconociendo que era un ser humano prisionero del miedo, casi insinuando que sabía que si quería darle una alegría a la grada barcelonista debía suicidarse abriéndose las venas en cualquier bañera, le ha tocado la lotería.

Su gesto de sinceridad ha sido la varita mágica que le ha transportado al mismísimo rincón de los muy amados dentro del corazón de los barcelonistas, que ahora desean que triunfe como sea.

Esta semana ha sido la de la enésima gloria total de Messi, la de la valiosa victoria sobre el potentísimo Chelsea, la del primer gol de Dembelé (un chico que en algún momento parecía ir hacia el  mismo infierno del portugués), pero asimismo ha sido la del amor súbito a André Gomes, ovacionado por el simple hecho de existir en cuanto apareció sobre el césped, antes de que tocase ninguna pelota. ¡Y luego dirán que el fútbol es caro!

Puede pasar de todo

No hablemos del futuro. En un mundo tan complejo como el nuestro puede pasar todo. Desde que Gomes marque el tanto decisivo en la final de la Champions, a que el cuento de hadas se olvide y, pasado el suflé del amor súbito hacia el jugador, se tenga que ir efectivamente al Espanyol, al  Real Madrid o a las garras de Mourinho.

Pero será bonito mientras dure. Pero surgen varias preguntas: ¿el público tiene razón ahora o la tenía antes?, ¿el público sabe que se portó mal o simplemente ha encontrado otro juego, el de exhibir generosidad?,  ¿el público es muy manipulable?, ¿el público sabe lo que realmente quiere?, ¿el público del fútbol es ecuánime o proyecta en el campo las decepciones que trae desde su casa, desde su trabajo o desde la vida general que le envuelve?.

O una pregunta más: ¿tienen sentido los cuentos de hadas?

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