Ir a contenido
Carles Puigdemont, entre el ’exconseller’ Lluís Puig y el diputado de JxCat Eduard Pujol, en Bruselas

EFE / HORST WAGNER

El atasco del independentismo

Luis Mauri

Puigdemont empieza a ser un estorbo en el campo independentista para todos menos para él mismo y su guardia pretoriana de JxCat

Tres meses después de las elecciones y cinco de la intervención de la Generalitat, el independentismo está atascado. Ha encallado entre la presión judicial y sus divisiones intestinas. La confusión que embarga a la mayoría secesionista impide la formación de un nuevo Govern y, en consecuencia, prorroga la intervención del Estado.

La olla a presión del independentismo, titulaba Rafa Julve su crónica este domingo. Cuatro días después, la olla a presión es una olla de grillos. ERC y el PDECat reclaman a Puigdemont que afloje y permita la formación de un gobierno legal, liderado por un president sobre el que no penda la espada de la justicia. Puigdemont desoye a ERC y a su partido y reitera la candidatura de Jordi Sànchez a president.

Esbozo de pacto de gobierno

La CUP rechaza por autonomista, obediente y conservador el esbozo de pacto de gobierno de ERC y JxCat. Y veta la candidatura de Sànchez, quien de este modo, aún en el muy improbable caso de que el juez Llarena le permitiese asistir a su investidura, solo podría ser elegido si Puigdemont y Comín cedieran sus escaños para asegurar la mayoría parlamentaria.

No se vayan, hay más. Las dos grandes entidades cívicas independentistas, la ANC, tendente al maximalismo de Puigdemont, y Òmnium, inclinada al posibilismo de ERC y el PDECat, remedan la dialéctica sobre la cultura de masas entre los apocalípticos y los integrados de Umberto Eco. En el caso de la ANC, hay además otra guerra interna, desatada a raíz del veto al exdiputado de la CUP Antonio Baños a postularse para dirigir la entidad.

Este laberinto de disensiones se resume en una disyuntiva principal. La mayoría de los dirigentes de ERC y del PDECat abogan por el posibilismo e incluso empiezan a admitir con la boca pequeña que no dijeron a la ciudadanía toda la verdad sobre la DUI. No reconocen que pintaron una puerta sobre la pared y animaron a la gente a salir por ella --ingeniosa metáfora de la socióloga Marina Subirats--, pero algo es algo. Enfrente, los maximalistas son minoría, pero están nucleados en torno a Puigdemont, cuya fuerza simbólica hoy por hoy continúa teniendo gran tirón en el martirologio independentista.

Una vieja batalla

Puigdemont empieza a ser un estorbo en el campo independentista para todos menos para él mismo y su guardia pretoriana de JxCat, CUP al margen. En este punto, ERC y el PDECat lo quisieran más manejable. Pero la opción del expresident es seguir manteniendo el pulso con el Estado. Alargar etapas -su etapa-, sabiendo que Rajoy también es preso del 155: mientras no lo levante no tendrá Presupuestos y al final puede sentirse obligado a convocar otra vez a los catalanes a las urnas.

Al fondo, una vieja y sorda batalla: la lucha por la hegemonía en el nacionalismo catalán. ERC arruinó una victoria cantada al presionar a Puigdemont para que desistiera de convocar elecciones y declarase la independencia. Pero si la presión judicial y política del Estado derrite el liderazgo del expresident, la partida estará servida de nuevo.