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La vivienda en BCN

Proyecto de viviendas prefabricadas que el ayuntamiento quiere implantar en tres solares a finales del 2018.

Barracón, dulce barracón

Eva Arderius

La solución de los pisos prefabricados es el resultado de una mala gestión de las diferentes administraciones

Hasta el momento era posible estudiar o haber estudiado en un barracón, esas aulas prefabricadas que desde hace años se utilizan para solucionar la falta de inversión en escuelas e institutos. Eran provisionales, pero muchos se han quedado, han echado raíces en los solares donde se instalaron y forman ya parte del paisaje urbano de pueblos y ciudades. Algunos de estos alumnos que han pasado por un barracón ahora también vivirán en una de estas construcciones. Serán los primeros en estrenar los 92 pisos prefabricados que el Ayuntamiento de Barcelona instalará en la ciudad antes que acabe el año. Es una medida nueva que quiere reducir la larga lista de 30.000 personas que esperan un piso social de la ciudad.

Máxima confortabilidad y modernidad

Estas construcciones, nada baratas pero que se fabrican, y esta es la gracia, en un momento, se pueden trasladar en función de las necesidades, van destinadas a diferentes colectivos y tienen medidas diferentes para acoger familias más grandes o más pequeñas.

Se garantiza máxima confortabilidad y modernidad. De hecho, ciudades europeas como Amsterdam ya los utilizan y los tienen totalmente integrados. Estas son las ventajas y aún podemos encontrar más: puede que sea la solución más ingeniosa, más 'hipster' y ecológica del mundo. Podemos admitir que estos módulos prefabricados pueden ser infinitamente mejores que muchos de los pisos de construcción convencional que se alquilan ahora mismo a precio de oro en Barcelona. Y aún otra idea en positivo, aunque la más deprimente de todas, tal y como está el mercado inmobiliario, mejor esto que nada. No estamos en condiciones de rechazar ninguna solución que garantice un techo a un precio razonable.

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Así que adelante con los pisos prefabricados. Se podrán ocupar un máximo de seis años, de hecho se consideran alojamientos temporales y por eso no tienen ni cédula de habitabilidad. Aceptamos vivir ahí, aceptamos que será difícil acumular recuerdos o convertirlos en un hogar y que no será el espacio con más ventanas del mundo. Asumimos todo esto, pero aceptarlo también nos debe dar derecho a decir que no es una solución digna y que la culpa de haber llegado hasta aquí la tienen los gobiernos de diferentes colores y diferentes administraciones que no han hecho los deberes.

Se habría podido hacer más y se podría hacer más. El Gobierno podría cambiar la ley para que los contratos de los alquileres durasen más de tres años y se pudieran limitar los precios. El Govern y el Ayuntamiento habrían podido hacer más pisos sociales o buscar los que están vacíos para aumentar el insignificante parque público de la ciudad que ahora solo representa el 1% de las viviendas construidas. Una cifra que da vergüenza si la comparamos con otras ciudades europeas donde se llega al 15%. Así que si hace falta nos mudaremos a pisos prefabricados. Aceptamos barracón como casa, nos rendimos o, mejor dicho, nos resignamos ante tanta locura immobiliària, todo sea para seguir viviendo en Barcelona, la ciudad más fantástica del mundo.

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