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EL CONFLICTO CATALÁN

Restablecer puentes, recuperar derechos

Gerardo Pisarello

Se pueden hacer muchas críticas al 'procés', pero que gente pacífica, que personas puente como Jordi Cuixart, continúen en prisión, es un dislate

Hay situaciones en la vida que nos sacuden. Que nos hacen preguntarnos cómo pudimos llegar hasta ellas, por qué no hicimos algo a tiempo para evitarlas. Es la sensación que tuve esta semana cuando dejé la prisión de Soto del Real, tras visitar al presidente de Ómnium CulturalJordi Cuixart.

Conozco a Jordi desde hace un par de años. Tenemos biografías personales y políticas distintas y hemos discrepado sobre muchos temas, especialmente en los últimos meses del 2017. Pero ver a una persona de su calidad humana acusada de violencia y encerrada sin juicio por un delito inexistente, me parece un despropósito inaceptable, que no puede dejar de denunciarse. 

EL presidente de Òmnium fue una de las primeras personas a las que oí cuestionar al independentismo 
más dogmático

Soy de los que debe el cariño por la lengua y la cultura catalanas al ejemplo de personas como Jordi. Hijo de padre badalonés y de madre murciana, siempre le he visto defenderlas con entusiasmo y convicción, pero nunca con sectarismo. Fue uno de los primeros en alzar la voz contra cierto independentismo dogmático tan convencido de estar en posesión de la verdad como poco dispuesto a aceptar la diversidad de la Catalunya real. Es más, cuando algunos nacionalistas exaltados llamaron a boicotear el pregón de las fiestas de la Mercè de Javier Pérez Andújar, Jordi Cuixart fue uno de los primeros en llamarle para felicitarlo.

Una persona dialogante

Jordi siempre ha sido una persona dialogante, una persona puente. Y lo sigue siendo en prisión. Cuando hablamos, hace unos días, a través de un doloroso cristal en Soto del Real, lo primero que me contó fue que estaba preparando un artículo para agradecer a toda la gente de España que le había escrito solidarizándose con su situación. Se alegró mucho, también, cuando le expliqué que la huelga feminista del 8 de marzo había sido un éxito en Catalunya, pero también en Madrid, en Sevilla, en A Coruña y en numerosos pueblos y ciudades españoles. 

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A lo largo de la conversación, fue imposible quitarme de encima la imagen del alambre de espino en la entrada a la prisión o el sonido de las rejas que se habían ido cerrando a mis espaldas hasta llegar al cubículo donde nos entrevistamos. Hablamos un largo rato de los errores cometidos, de aquello que podríamos haber impedido, de los espacios de encuentro que hace falta construir. En la línea de lo escrito por Joan Tardà en este diario, coincidimos en que era esencial trabajar para que el catalanismo progresista, incluidos los 'comuns' y el PSC, llegara a acuerdos en objetivos republicanos concretos como la defensa de políticas sociales avanzadas o la escuela pública catalan.

A 650 kilómetros

Cuando el tiempo de visita estaba a punto de expirar, Jordi me explicó que su compañera, la periodista Txell Bonet, lo visitaría por la tarde. Para llegar a Soto del Real, yo había cogido un tren de Barcelona a Madrid, otro de Atocha a Colmenar Viejo, y luego un taxi. En total, unos 650 kilómetros. Los mismos que, desde hace cinco meses, Txell tiene que recorrer para ver a su marido y para que este pueda reencontrarse con el pequeño Amat, de menos de un año.

Mi padre era abogado. Fue defensor de presos políticos y acabó asesinado por la dictadura de Videla, en Argentina. Mi madre siempre recordaba la pesadumbre que lo invadía cuando regresaba de entrevistarse con sus defendidos. Su sensación de que aquellas prisiones sórdidas, inhóspitas, reflejaban de manera inequívoca la degradación de las libertades que se producía en el exterior.

Regresión autoritaria

La situación de la España del Partido Popular no es obviamente la de aquella Argentina. Pero la prisión de Jordi Cuixart, como la de Jordi SànchezJoaquim Forn Oriol Junqueras, no solo es un hecho humana y jurídicamente inaceptable, que castiga injustamente a sus familias. También expresa una regresión autoritaria más amplia, una devaluación creciente de libertades y derechos de todos: republicanos, raperosmujeres, huelguistas, o pensionistas.

Precisamente por eso, es inaceptable que la situación se normalice y persista en el tiempo. Se pueden hacer muchas críticas al 'procés'. Pero que gente pacífica, que personas puente como Jordi Cuixart, continúen en prisión, es un dislate. Conseguir que estos presos estén cerca de sus familias y sean puestos en libertad debería ser una prioridad para todos, más allá de las diferencias políticas. Por razones humanitarias elementales y porque están en juego la convivencia del futuro y el futuro de la propia democracia.

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