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ANÁLISIS

Catalanismo integrador

Àngel Ros

El catalanismo político ha inspirado, desde su nacimiento a finales del siglo XIX, los principales logros conseguidos en Catalunya en el ámbito de las instituciones propias de autogobierno, en la educación, la lengua, la cultura, la atención social, y ha contribuido a la integración de la ciudadanía de orígenes diversos que ha conformado, siempre, nuestro país.

En una orientación contraria a la de la integración, sitúo el reciente proceso independentista (no confundir con la legítima idea de independencia que una parte de los catalanes siempre ha defendido), el cual, juntamente con los errores del Gobierno Central, ha creado un efecto desestabilizador en el ámbito económico y en el terreno de la cohesión social. El proceso soberanista ha fagocitado el catalanismo que, paradójicamente, es la corriente política que más puede contribuir a aportar las herramientas necesarias para superar el callejón sin salida en que nos hallamos.

En tiempos de desconcierto y de bloqueo institucional como el actual, es imperioso volver al centro político que representa el catalanismo y hacerlo con todo el positivismo y la voluntad constructiva con que se concibió: Para ser "una obra de paz, de progreso, de educación política y social, de transformación profunda sin convulsiones ni sacudidas", en palabras de Enric Prat de la Riba. Para lograr el progreso de Catalunya y, de su mano, el progreso de España. Hoy añadiríamos, y el de Europa.

Ninguna de las dos líneas de acción enfrentadas que nos han llevado hasta aquí – el unilateralismo de la Generalitat y el inmovilismo del Gobierno del Estado, que no han dejado de retroalimentarse en todo este proceso- generarán las soluciones necesarias. Ninguna de ellas está interpretando de manera cabal el sentido real de la sociedad catalana que muestran resultados electorales y encuestas de opinión, y no están impulsando la acción política que realmente corresponde. Y las dos, sobre todo en los últimos meses, han provocado manifiestas “convulsiones y sacudidas”.

El iniciador del catalanismo y el pensador liberal catalán más importante de finales del siglo XIX, Valentí Almirall, fue también, en palabras de Rovira i Virgili, “el más fiel representante de la corriente positivista aplicada a la política”. El positivismo, en oposición al idealismo, nace de la observación racional y realista, es espíritu científico. Almirall lo unió al catalanismo político y, desde éste, reivindicó centrar el foco directamente en la sociedad, con todas sus particularidades. Defendió que la acción de los gobernantes debía encarnarse en la diversidad social y rechazó toda artificiosidad política.

Nulo positivismo, exceso de idealismo y una alta dosis de artificiosidad política han predominado en Catalunya y en el resto de España estos últimos meses, dentro del proceso independentista y, también, en la gestión opuesta pero también emocional y nacionalista que ha llevado a cabo el Gobierno del Estado.

En las últimas elecciones, el soberanismo alcanzó la mayoría absoluta de los escaños en el Parlament pero las fuerzas no independentistas lo superan en porcentaje total de votos. Con este equilibrio, que nos muestra un país prácticamente dividido por la mitad, la política ha de saber atender –sin salirse del marco legal y constitucional o bien con su reforma- el máximo de aspiraciones que se derivan de estas dos sensibilidades, que representan dos amplísimas mayorías con millones de votantes y, por lo tanto, de voluntades.

En el Catalanismo tiene cabida la dosis necesaria de idealismo y de ilusión para poder lograr las legítimas aspiraciones de los catalanes así como la voluntad responsable y cabal para hacerlo con el amparo de las leyes de las cuales, democráticamente, nos hemos dotado en Catalunya, en España y en la Unión Europea.

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