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tensión con rusia

Nada parece lo suficientemente eficaz a la hora de perseguir la participación rusa en actos delictivos en el exterio

Bill Browder era un joven americano con una incierta carrera financiera por delante cuando se le encendió la brillante luz que cambiaría su vida para siempre: la gran oportunidad que el desmantelamiento de los antiguos conglomerados empresariales soviéticos suponía para cualquiera que tuviera la suficiente ambición y algo de dinero.

Para no alargarnos: Browder logró convertirse, a través del fondo de inversión que creó, en uno de los mayores inversores extranjeros en Rusia… hasta que se topó con Vladímir Putin. Empieza ahí toda una serie de peripecias que alcanza el mayor dramatismo con la muerte en prisión, y entre acusaciones de violaciones de derechos humanos por parte de las autoridades rusas, de Sergei Magnitsky, uno de sus abogados. Al que le interese, puede seguir la historia en Notificación roja (Capitán Swing, 2016), un relato autobiográfico con toda la intriga de una novela negra del siglo XXI.

El caso es que Browder, en su lucha contra el poder más oscuro del Kremlin, fue un elemento clave en la Magnitsky Act, la ley norteamericana de 2012 que busca sancionar a individuos rusos involucrados en casos de corrupción. La teoría es simple. Nada parece lo suficientemente eficaz a la hora de perseguir la participación rusa en actos delictivos en el exterior. Las sanciones perjudican, sobre todo, al ciudadano común y corriente. No hay manera de atacar ni a la Administración ni, por supuesto, a su presidente. Pero sí se puede “golpear” donde de verdad duele: las fortunas de sus amigos, un amplio puñado de oligarcas que disfrutan de su riqueza en los lugares más sofisticados del planeta y que son un soporte esencial para el régimen.

Más sanciones

De ahí que estos días se evoque tanto a Magnitsky en el Reino Unido. Todos los indicios recogidos por el Gobierno británico apuntan a que Rusia está detrás del ataque con un agente nervioso que ha llevado al borde de la muerte al exespía ruso Sergei Skripal y a su hija, que ha afectado gravemente a un policía y que ha dejado aterrorizada por sus posibles efectos a la población de la habitualmente tranquila Salisbury.

Y llueve sobre mojado: hace varios años la muerte en Londres por polonio 210 de otro exmiembro de los servicios secretos rusos, Alexander Litvinenko, ya se topó con la imposibilidad de extraditar y llevar a juicio al supuesto autor del asesinato.

Así que ya se están alzando numerosas voces para que el gobierno de Theresa May sancione activamente a algunos de los numerosos oligarcas rusos que han invertido su riqueza en el mercado inmobiliario de la capital británica, con la esperanza de que tenga su correspondiente efecto en el Kremlim.

También se habían oído estos días atrás voces que llamaban a un posible boicot del Mundial de Rusia del próximo verano, al que estarían dispuestos a sumarse otros países como Australia, Polonia o Japón. Pero podría tener consecuencias muy negativas para el futuro del fútbol británico así que se lo han pensado mejor. De momento el objetivo será, todo parece indicar, los amigos de Putin.

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